Allí compareció, pues, la presidenta de la comunidad de Madrid ante seis periodistas, tres de ellos más o menos proclives al PP y tres de ellos manifiestamente hostiles, con la moderadora. Me llamó la atención la agresividad de algunos periodistas, que utilizaban un tono de fiscal ante el acusado; es un estilo que en nuestra tele inauguró Juan Pedro Valentín con aquella entrevista post 11-M a Aznar y que surte el efecto de convertir al entrevistado en culpable moral sean cuales fueren sus respuestas.
Así por ejemplo, cuando Aguirre trataba de quitarse de encima el reproche de «crear crispación», el fiscal aducía: «Hombre, es que se han manifestado». En un terreno de juego así marcado, bajo la estrecha vigilancia del árbitro supremo de la moral, un diálogo sereno es francamente difícil. En el aspecto propiamente televisivo, en '59 segundos' me sigue irritando el jueguecito del micrófono capador, lo cual realmente es decisivo, porque todo el programa descansa precisamente sobre el artefacto retráctil.
Esto es una perversión del lenguaje: cuando el 'micro' es más importante que la palabra, las posibilidades de exponer un discurso racional quedan mutiladas. El argumento de que eso obliga a los ponentes a la concisión y la claridad está bien desde el punto de vista de la técnica retórica, y también por exigencias del espectáculo, pero todas las semanas vemos lo contraproducente que resulta al hablar. ¿Cuántas veces tuvimos que aguzar el oído para escuchar a alguien que, ya sin micrófono, seguía hablando? No menos de una docena. Dirá el filósofo pardo: «Total, para lo que hay que oír». De acuerdo. Pero, entonces, que pongan minutos musicales.







