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La victoria de Rodríguez Zapatero el pasado 9 de marzo obligaba a preguntarse acerca de la duración de este nuevo ciclo socialista. Sobre si resulta o no probable que pudiera igualar e incluso superar el tiempo de estancia de Felipe González en La Moncloa. El veredicto de las urnas no fue precisamente apabullante. Pero son las dificultades que refleja el Partido Popular a la hora de digerir esta segunda derrota las que a fecha de hoy permiten aventurar que lo de Zapatero puede ir para rato.

No son los partidos de oposición los que alcanzan el Gobierno, sino los de gobierno los que pierden su sitio. Pero para evitar que esto último ocurra es difícil imaginarse una situación más idónea que la de una oposición aturdida y ensimismada. De seguir las cosas así, pronto las discrepancias en el seno del PP se convertirán en una acusación cruzada por la que cada sector echará en cara al otro que está haciendo el juego a los socialistas. Y no les faltará razón a ninguno de los dos.

Tanto la posición parlamentaria del PSOE en las Cortes Generales como su presencia en los ámbitos autonómico y local limitan la efectividad de toda oposición que se muestre lastrada o condicionada por una contestación interna; y desde luego dificultan sobremanera que esa oposición cuaje como alternativa de gobierno. Además, se da la circunstancia de que la contestación a Rajoy alcanza su mayor eco en el descreimiento respecto a sus posibilidades reales de convertirse en un candidato triunfador.

Es decir, la causa misma de la crítica interna constituye una rémora tan difícil de sacudirse que prácticamente imposibilita la victoria. Tanto que ni siquiera un unánime reconocimiento de tan calamitosa situación permitiría al PP recuperar la unidad activa y realzar un liderazgo capaz de intentarlo con un mínimo de confianza colectiva. Pero el favor definitivo que los populares hacen a la continuidad del proyecto Zapatero no está ahí. Se encuentra en el hecho de que tras erosionar a Rajoy como líder y como candidato, el PP no cuenta hoy, ni probablemente pueda contar mañana, con alguien con más posibilidades de acceder a la presidencia del Gobierno.

No sólo porque esa persona no exista; que no existe. También porque su aparición se produciría tras situar al partido poco menos que al borde de la ruptura. En las últimas elecciones el PSOE no logró la mayoría absoluta que su secretario general acariciaba como expectativa unos meses antes. Fue la fortaleza del PP lo que lo impidió, como será su división la que permita a los socialistas albergar expectativas de mejores resultados en los sucesivos comicios.

k.aulestia@diario-elcorreo.com
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