Harían muy mal los partidos constitucionalistas si se dieran por aludidos y se sintieran ofendidos por las burdas definiciones que de ellos hizo el diputado general en su conferencia. Es de entender que al PP no le guste lo más mínimo que lo llamen «derechona españolista, retrógrada, carca caciquil y clerical». Como resulta también comprensible que a los socialistas les moleste que se les acuse de «haber olvidado su tradición obrerista», «no haberse sacudido de encima el estigma jacobino», «mantener ramalazos de lerrouxismo» o «ser sucursalistas y no tener voz propia diferente a la del amo de Madrid». Pero tales descalificaciones, por injustas y de mal gusto que sean, no eran, en el contexto en que se pronunciaron, sino el dulce envoltorio en que José Luis Bilbao quiso empaquetar la amarga reprimenda que se disponía a dirigir a su propio partido y a unos cuantos de sus más destacados dirigentes. Desviar la disputa hacia esas descalificaciones equivaldría a permitir que los auténticos destinatarios de las palabras del conferenciante salieran de rositas tras el chaparrón de reproches que éste les echó encima.
Ahora toca, por tanto, escuchar la respuesta de los verdaderamente aludidos. El lehendakari es el más directo y principal. Porque sólo a él puede ir dirigida la frase con que concluye la conferencia: «No podemos ofrecer más frustración, desencuentro y debate estéril». Estaremos a la escucha. Y veremos, de paso, si, en las palabras de José Luis Bilbao, se revela un kamikaze dispuesto a inmolarse en solitario por la patria o se oculta, emboscado, todo un ejército dispuesto a desplegarse para la batalla. Pronto saldremos de dudas. Quizá hoy mismo, en la intervención que Iñigo Urkullu tiene prevista en Madrid.
j.l.zubizarreta@diario-elcorreo.com







