Cundirán seguro los tochos autobiográficos, dada la ristra de famosos encarcelados por enriquecerse ilegalmente, autobiografías de conocidos ricos presos contando 'la verdad' de sus trayectorias después de haber caído en el olvido entre rejas. Saldrán en libertad parte de ellos, dispuestos a saldar cuentas con socios y con la intención de 'desvelar' los 'auténticos' entresijos que escaparon a un sumario. Memorias de golosos caídos en el panal de rica miel del 'pelotazo' o 'el ladrillazo', obras de desmemoriados cazados con las manos en la masa. «Estoy más que cansada de oír hablar de un millón de dólares por aquí, un millón de dólares por allá. ¿Es algo tan trivial!», dijo Imelda Marcos al verse obligada a desmentir que poseía 3.000 pares de zapatos. «Sólo tengo 1.500», aclaró.
Claro que no en todo presidiario que escribe alienta un Cervantes o un Fray Luis de León. Es una pena, aunque no para el penado memorialista que sacará tajada de su remembranza. En la actualidad, se ha producido incluso un inaudito hecho literario, pero de tipo epistolar: el acusado escribió una misiva antes de estar entre barrotes en el caso del desfalco en el Guggenheim, se apresuró a enviar la epístola cuando aún no había caído el peso de la Justicia sobre él. Fue una carta urgente, «síndrome postal de las personas impacientes», según Pitigrilli.







