
Su angustiosa muerte -sin saberlo, Rosa corría en dirección hacia el tren, que finalmente no pudo evitar arrollarla después de cruzar las vías en el apeadero de Renfe de Zorroza- ha truncado su sueño. Como ella, cada día, muchas personas arriesgan su vida inconscientemente para evitar dar un rodeo y atravesar un subterráneo en la barriada La Landa de Zorroza.
A Rosa apenas le quedaba una semana para terminar los dos meses de prácticas en la empresa Gela Bizkaia, especializada en pollería, en el matadero de Zorroza. Al igual que otros muchos inmigrantes irregulares, la joven guineana se encontraba atrapada en un círculo vicioso. «No tenía papeles y, como llevaba menos de tres años en el país, tampoco se le podía hacer un contrato de trabajo», explicaban ayer algunos de sus compañeros en el curso de formación. Iñaki, su profesor en la Escuela de Carniceros del Matadero de Zorroza, confesaba con pena que «la había cogido cariño; era una tía maja».
Repatriar el cuerpo
Antes de morir, la joven guineana, «guapa y con una piel preciosa, muy morena», según quienes la conocieron, había pasado la mañana despiezando pollos mano a mano con un compañero. Introvertida y «tranquila», -«pasaba desapercibida»-, la joven «era muy aplicada» en el trabajo.
Cuando salió, a las dos de la tarde, se llevó varias bolsas llenas de tajadas de carne para su familia. Las que dejó en el andén mientras se acercaba hasta la rampa al final del andén, el único lugar accesible para ella. Iba a la estación a coger el tren de regreso a casa. Esas bolsas fueron también la señal que anunció a sus hermanos que algo malo la había ocurrido. Una pareja de ertzainas las entregaron en el domicilio familiar en el barrio alto de Uretamendi, junto con el resto de sus pertenencias y el pasaporte, antes de informarles de que Rosa había sufrido un «fatal accidente de tren».
Sus hermanos y tías se encuentran muy «afligidos» por la pérdida y esperan a conocer el resultado de la autopsia y la conclusión de la investigación de la Ertzaintza para resolver sus dudas. Sus padres, que viven en Guinea, son católicos, y han mostrado su deseo de que el cuerpo sea repatriado para darle sepultura en su país de origen. Natural del distrito Añisok, en la zona interior de Guinea Ecuatorial, llegó a Bilbao hace unos dos años. Al principio trabajó para el servicio doméstico hasta que conoció la Fundación Peñascal, una institución nacida en el seno de Cáritas en 1986 para la inserción laboral de jóvenes con fracaso escolar e inmigrantes. En los últimos ocho meses, Rosa había aprendido el oficio de carnicera, que nunca podrá ya ejercer. «Tenía interés, valía para trabajar, en la empresa estaban muy contentos con ella», recordaba Andrés Fernández, de la Fundación Peñascal, donde Rosa encontró ayuda.










