Minutos antes de las nueve de la noche, la expectación se palpaba en el corazón de la nueva plaza, tomada ya por corrillos de curiosos que no querían perderse el inédito montaje de luz y color. Para entonces, las fuentes -distribuidas en hileras de a uno, de a dos o de a tres desde Postas hasta San Miguel- ya habían expulsado sus primeros chorros. «Serán muy divertidas para los críos, pero ni lucen ni tienen utilidad. Eso sí, ¿lo que hubiera dado yo por tener estas fuentes aquí cuando tenía diez años!», comentaba José Luis Antúnez.
La gran incógnita, en cambio, estaba en saber si la fuerza del agua terminaría por encharcar el entorno, como ya denunciaron algunos grupos de la oposición. Ayer, al menos, no fue así. Los chorros apenas levantan treinta centímetros del suelo y, aunque salpicar, salpican, parece que, en principio, tienen el desnivel suficiente para que no se provoquen charcos.
Y se hizo la luz. Primero se iluminó la parte inferior de la bancada que rodea el polémico monumento a la Batalla de Vitoria. Acto seguido, las luces fluorescentes de las farolas de diseño que presiden la zona baja de la plaza fueron cobrando intensidad. Luz blanca. Más tarde, fue el turno para los cinco postes -que soportan un total de 25 cañones de luz- anclados a las fachadas de los edificios que rodean la plaza. Luz multicolor en azules, blancos y verdes. Lo mismo que la de las fuentes.
Y como las luces, las opiniones sobre el terreno eran ayer de todos los colores. Había quien, como Laura Ortiz, se mostraba «encantada con el resultado». «Ya era hora de que nos modernizáramos un poco», apostillaba desde una de las terrazas que ocupan ya la nueva plaza de la Virgen Blanca. Otros, como María Pilar Itsasmendi se llevaban las manos a la cabeza. «Con los jardines tan preciosos que teníamos». Pasado y presente. Ésa es la cuestión.






