
Al «de la botella» ya no le quiere nadie. Vive como desterrado en su pueblo de siempre, en Mairena de Aljarafe (Sevilla). Pasó una noche en el calabozo. No tenía antecedentes penales y ahora está fichado, aunque ha perdido el nombre. Y también su trabajo de albañil. Tras el incidente le llamaron de la oficina para que recogiera los papeles del despido. «Lo estoy pasando muy mal. No encuentro trabajo y sólo tenemos el pequeño sueldo de mi mujer», lamenta.
Pero lo peor fue ver el eco del botellazo en la mirada de su hijo, de cinco años. «Lo más duro ha sido explicarle qué estaba haciendo su padre y que eso no está bien. Tener que decírselo nunca se me podrá olvidar», cuenta.
El barrio le culpa. «Los vecinos y la gente me miran de otra forma». Angustiado. ¿Tiene miedo? «Sí. De lo que pueda venir el día de mañana por todo esto. Me han insultado hasta en la puerta de casa y sólo he podido bajar la cabeza». Abatido. ¿Por qué lo hizo? «Ni yo mismo lo sé. En la cama doy vueltas y vueltas y no sé explicármelo. No pensé nunca en hacer daño. Yo tiré la botella como todo el mundo que tira una botella al campo». A él, sin embargo, ese gesto le ha emborronado la vida; también el nombre. Ya no es Carmelo. Sólo, «el de la botella».








