Ése es uno de los atractivos de esta carrera en la que participan hombres obligados a destaparse y semiprofesionales que piensan en el futuro y no desaprovechan la oportunidad de hacerse un hueco en una escuadra de élite. Siempre ha sido así. Basta con revisar la media de velocidad a la que se rueda en La Rioja, muy alta. No hay tregua.
Sea quien sea el corredor que se haga en propiedad con el maillot color vino, de lo que no tengo la más mínima duda es de que, sin poder hacer apuestas claras porque se trata de una carrera abierta, tendrá que ser un hombre fuerte, un escalador con fuelle, que se defienda bien contra el viento que podría marcar el desarrollo de alguna de las etapas. Posiblemente hoy a pesar de circularse sobre un recorrido desconocido para todos, sobre una pista forestal que fue asfaltada hace seis años y que define lo que va a ser esta edición de la ronda: en mi opinión la más dura de cuantas he conocido.
¿Por qué? Es evidente que se suben todos los altos que pueden subirse en la geografía de la Comunidad, y además de forma constante. Sería interesante revisar la altimetría global de la carrera, pero resulta llamativo que en apenas 460 kilómetros se suban tantos y tan duros puertos como el de La Rasa, Herrera o Peña Hincada.
En ese escenario no resulta demasiado fácil realizar previsiones. Pero resulta probable que la general no se dedica en los últimos metros ni en un sprint masivo. Quien quiera ganar esta vuelta va a tener que luchar de principio a fin y, muy posiblemente, disputando la clasificación con no más de dos o tres rivales que, en ese caso, podrían dirimir el puesto del podium en el puntómetro.
Se afronta, por lo tanto, desde hoy mismo una edición ilusionante en la que el ciclismo va a volver a ser protagonista del deporte riojano ofreciendo, seguro, su mejor cara y batalla, mucha batalla. Es una de las garantías que ofrece desde hace algunos años a la afición la ronda organizada por el Club Ciclista Logroñés.





