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Ministras: separar el grano de la paja
25.04.08 -

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Resulta de tal zafiedad y de vulgar cobardía, por disimulada, la crítica a la elección por el presidente de las mujeres de su Gobierno, que lleva, sin ser ése el objetivo de los comentarios, a tapar otras realidades de urgente concienciación social. Las réplicas y contrarréplicas sobre la juventud o estado de gravidez de algunas de las ministras termina ocultando aspectos que debieran constituirse en temas de debate fundamentales. Puede cuestionarse probablemente si la juventud, lo que implica por simples razones vitales falta de experiencia, es el mejor aval para un ministro-a. Experiencia profesional y de gestión comprobadas, en un Gabinete como el que debe gestionar la situación del país en plena explosión de una crisis económica global, de necesidad de racionalizar la obtención y uso de energía, carburantes y agua, de exigencias en la excelencia de los sistemas educativo y productivo para competir mundialmente, parece absolutamente un requisito.

Pero los comentarios vertidos sobre el número de mujeres y el embarazo de una de ellas no se ajustan al tipo de sociedad moderna en que desde la Sociología se entiende que se ha convertido la sociedad española. Sencillamente, no deberían realizarse. Ya no debería llamar la atención que las mujeres ocupen puestos políticos de responsabilidad, ¿y mucho menos que estén embarazadas! ¿Qué ocurre pues para que este asunto se convierta en el principal tema de tertulias y artículos de análisis político?

Entiendo que, en primer lugar, al margen de las especulaciones sobre las posibles motivaciones del presidente y que a mí se me escapan, porque tales cambios estructurales profundos que se han operado en España en los últimos cuarenta años y aún con mayor rapidez en las dos últimas décadas, han afectado a la economía, la tecnología, las infraestructuras, es decir, a lo que se denomina los aspectos materiales de la cultura. Sin embargo, los aspectos no materiales tardan más en transformarse. Esos cambios materiales empujan las transformaciones en las ideas, valores y formas de entender el funcionamiento social sea en la esfera doméstica o en la pública, pero no han terminado de 'arrastrar' ni los prejuicios, ni la defensa de los viejos privilegios en este caso de género. Las mujeres se perciben como competidoras en la lucha por mantener el privilegio y el poder que los varones han detentado tradicionalmente en general, y aún detentan. Además, las mujeres, sobre todo en la esfera pública, siguen teniendo más probabilidad que los varones de constituirse en objeto de mofa. Reivindico sin embargo el derecho y la obligación de criticar sus comportamientos y actuaciones cuando se considere necesario, con argumentos veraces y justos correctamente expresados, como con todo el mundo: y porque no hacerlo por paternalismo o por temor a incurrir en incorrección política es aún más humillante para las mujeres. El paternalismo y el desprecio son las dos caras de la moneda del sexismo.

Se puede creer que la apuesta del presidente va en la línea de reforzar ese 'arrastre cultural' de lo viejo y ya inservible por constituir un lastre en la nueva sociedad, pero también puede pensarse que las mujeres son -¿una vez más!- utilizadas, en este caso por un gobierno, como adorno de modernidad y como reclamo no ya para la compra de un coche u otro objeto de consumo común, como en la publicidad comercial, sino de adhesiones políticas, de simpatías ideológicas y de votos en definitiva.

Tengo mis dudas sobre la eficacia a medio plazo de que, por ley, las mujeres deban estar representadas en determinadas posiciones, algo que incluso se tiene en cuenta en la evaluación de los proyectos de investigación para su puntuación. Efectivamente, algo hay que hacer para impedir la injusticia que supone no tener en cuenta el potencial de las mujeres para la gestión, el trabajo y el gobierno, y también para evitar el despilfarro de ese potencial cuando una sociedad no puede permitirse ningún derroche de talento y capacidades. (Y eso puede aplicarse al ciento por ciento a la edad, pero será otro tema). Ahora bien, que sea por ley hace dudar a priori del valor intrínseco de esa mujer entre quienes no conocen su historial, currículo y carrera profesional, y puede, como consecuencia no buscada, rebajar su verdadera capacidad, trivializar su participación, minusvalorar sus aciertos y extremar las críticas sobre sus actuaciones como no se haría con sus colegas varones. En definitiva, como en el siglo XVII de Molière, de nuevo 'las preciosas ridículas', mujeres banales que sólo se interesan por lo aparente. Ciertamente comportamientos que pueden percibirse como frívolos, como la foto en la revista 'Vogue' de las mujeres ministras del anterior Gobierno, no ayudan mucho a erradicar prejuicios. Esperemos otras manifestaciones esta vez. O mejor ninguna.

Por último, suele entenderse que un papel fundamental del Estado es constituirse en protector de los débiles e indefensos, y eso, aplicado como se ha hecho, conlleva tratar una vez más, sí, otra vez, a las mujeres como menores o discapacitadas. Los derechos de las mujeres -y el principal, a la vida en libertad y sin temor a ser asesinadas por sus parejas- deben ser protegidos en un Estado de Derecho exactamente igual que los del resto de los ciudadanos. Ni más ni menos. A muchas mujeres no les gusta que las tutele nadie y menos el Estado. Por el contrario, y hay que reconocerlo, debido a la variabilidad interindividual, a otras y otros les encanta que el Estado -si es el suyo- se meta hasta en su dormitorio.

Lo que probablemente puede hacer mucho más en el cambio real de actitudes y conductas individuales y sociales injustas y trasnochadas es la lucha contra los comportamientos de tantas empresas que, desde hace ya muchos años, expulsan o paralizan la trayectoria profesional de las mujeres embarazadas o con hijos pequeños. Y se tolera en una sociedad hipócrita porque al mismo tiempo se considera la baja natalidad un problema económico y social. Potenciar realmente, y hablo de incentivos fiscales y otros medios, a los varones y las empresas, motivándoles (prefiero la zanahoria al palo por eficiencia) de manera efectiva para que la atención de los hijos recién nacidos, pequeños y familiares ancianos sea realizada por varones, como dice la ley para la representación de los sexos en proporciones entre 40% y 60%, sería una forma de evitar que las mujeres sufrieran esa discriminación.

Se han conocido recientemente los resultados de una investigación de la Universidad del País Vasco sobre las actitudes y comportamientos de una muestra de 900 personas de 14 a 25 años. Llama la atención el mantenimiento entre ellas de las actitudes tradicionales en el peor sentido -porque siempre lo tradicional no es malo- en cuanto a los roles de mujeres y varones en la familia y la conciliación de la vida laboral y familiar. Esos resultados sólo son aparentemente chocantes. Analizando seriamente la cuestión, podría afirmarse que esas personas jóvenes -como suele decirse a veces 'nacidas en democracia'- se han socializado, sin embargo, en ambientes familiares donde la tradición en el ámbito doméstico sigue reflejando mayoritariamente la preeminencia del varón sobre la mujer, aunque las mujeres, las madres de los encuestados, trabajen ya en gran proporción fuera del hogar y aunque las últimas tecnologías sean de uso común entre los miembros de esas familias. Mientras no se produzcan esos cambios culturales de hondo trasfondo estructural, poco puede hacerse en la vida real -que no es el escenario en su sentido teatral de la política, en el que todo es posible ya sea fantástico, falso, estrafalario o grotesco- para que la igualdad en derechos y deberes sea cada vez mayor, en este caso entre mujeres y varones.

Cabe esperar que un día resulte socialmente normal que las elecciones que ellas y ellos realicen sobre el trabajo y su participación en la gestión empresarial y de la Administración, así como en la organización interna de las familias, puedan ser previstas como cualquier otro comportamiento realizado al azar, sin depender del sexo de la persona.
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