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POLÍTICA
Reflexión y sensatez
25.04.08 -

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Se dice que la intervención de José Luis Bilbao ha destapado la caja de los truenos en el nacionalismo, cuando lo que realmente ha hecho es poner encima de la mesa las grandes cuestiones estratégicas sobre las que tiene que reflexionar el conjunto del país. Particularmente el nacionalismo, ese abertzalismo que dice estar comprometido con la construcción de una nación libre, integrada por ciudadanos libres. Se podrá criticar su estilo, pero tiene la virtud de haber puesto ante la opinión pública los elementos centrales de la reflexión estratégica que deberá abordar urgentemente el PNV y, por consiguiente, también el resto del nacionalismo democrático.

Está equivocado quien piense que la reflexión y la autocrítica que contienen las posiciones del diputado general se limitan en su alcance a ser mero 'debate interno del PNV'. Se equivoca aún más quien se crea legitimado para recomendar al Sr. Bilbao no trasladar «esos debates a la sociedad». ¿Es que existe alguna norma de salud democrática que prescriba cuáles son los debates que han de llegar a la sociedad y cuáles en cambio no? Es obvio que el nacionalismo democrático, por responsabilidad con el país que trata de de representar, tiene la necesidad objetiva de ajustar y modificar su proyecto político para adecuarlo y adoptarlo a las circunstancias que viven los vascos del siglo XXI, tanto internamente como en su relación externa, en cuanto comunidad nacional perteneciente a un Estado que se resiste a reconocer 'ad intra' su propia plurinacionalidad.

No deja de ser curioso que hayan sido los portavoces de EB y EH -los que han situado las reflexiones en el marco exclusivo interno del PNV-, quienes más hayan criticado las posiciones de José Luis Bilbao. En cambio, resulta relevante y muy significativa en términos políticos la coincidencia plena de las posiciones del diputado general de Vizcaya con la intervención del presidente del EBB en Madrid en el día de ayer. No es un error lo que digo. Aunque la intervención de Bilbao haya sido anterior a la de Urkullu, el primero no hizo más que adelantarnos la reflexión estratégica que al día siguiente efectuó el presidente del PNV.

Porque al margen de la discusión realmente bizantina sobre el agotamiento o no del tripartito, lo verdaderamente importante es el contenido del discurso del presidente del EBB. Un discurso que marca con absoluta claridad la línea de separación entre el PNV y el nacionalismo vinculado a la violencia: «Éticamente el PNV va a estar siempre enfrente de ETA y, políticamente, aunque rechazamos otorgarle el status natural en tal sentido, no compartimos ni fines, ni medios con ellos». Pero sitúa también con claridad el orden de prioridades en lo relativo a los consensos pendientes: «Lo que está en juego planteado por el PNV es la necesidad de revalidar un acuerdo interno entre vascos y de éstos con el Estado que nos permita convivir entre quienes nos sentimos diferentes. Desarrollo normalizado del Autogobierno Vasco en mayúsculas».

Es el propio Urkullu, en un ejercicio de inteligencia política y de sentido común, quien sitúa el contexto en el que debe darse la consulta popular, al señalar que debe ser el acuerdo logrado lo que debe ser ratificado y validado, «uno a uno por quienes viven, trabajan y quieren edificar un futuro para ellos y sus hijos e hijas en esa nación llamada Euskadi». Al situar la prioridad en el pacto interno y contextualizar la consulta popular como el recurso para la ratificación del acuerdo logrado, el presidente del EBB nos devuelve, con acierto, al discurso de investidura del lehendakari, cuyo compromiso fue tan claro como solemne a estos efectos. Decía Ibarretxe: «A este respecto, deseo manifestar formalmente a esta Cámara mi compromiso como lehendakari de que si alcanzamos un Acuerdo para la Normalización Política y la Convivencia, solicitaré autorización al Parlamento vasco para que, en ausencia de violencia y sin exclusiones, se realice la consulta popular a la sociedad vasca para que ratifique el acuerdo político alcanzado».

Sería importante que el lehendakari retomara su compromiso de investidura, no sólo por lealtad a la Cámara, sino también por puro ejercicio de responsabilidad. Ello le permitiría ejercer su liderazgo con la seguridad y la certidumbre que exigen los ciudadanos a cualquier líder político, y, además, ayudaría a su partido a recobrar e identificar su sitio político, para que efectivamente sea verdad lo que Urkullu ha anunciado en Madrid: «Haremos gala de la sensatez que nos caracteriza».
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