Comienza a ser habitual abrir el periódico y encontrar la noticia de la detención de un hombre que ha golpeado a su pareja en la vía pública. Lo único bueno que encontramos en el fenómeno es que al menos esta clase de ataques no pasan inadvertidos y probablemente terminan siempre con el maltratador esposado dentro de un coche patrulla. Quizá en algunas ocasiones ese pueda ser un primer paso. Sin embargo, asusta pensar lo que serán capaz de hacer esos individuos dentro de sus casas, cuando no hay testigos, ni posibilidad de escapatoria para sus parejas.
Estas agresiones son, con su repugnante carga de furia y cotidianidad, la intrahistoria de la violencia doméstica. No deberíamos perderlas de vista, ya que indican un camino que muchas veces lleva al cementerio.
Últimamente, hemos podido conocer algunos datos interesantes sobre la violencia contra las mujeres en nuestro entorno. Por ejemplo, el año pasado en el País Vasco se presentaron diez denuncias diarias por maltrato, un total de 3.917. Ocho de cada diez terminaron en condena. Se solicitaron también 1.931 órdenes de protección. Un tercio de ellas estaban dirigidas contra inmigrantes, un dato que preocupa a expertos y autoridades judiciales.
No parece que nuestra realidad difiera mucho de la del resto del país. Las soluciones, por tanto, deberían ser las mismas. Un esfuerzo educativo destinado a desterrar la idea de posesión de las cabezas de las nuevas generaciones y, mientras llegan tiempos mejores, un compacto entramado social y judicial que sea capaz de proteger eficazmente a las mujeres maltratadas de sus agresores.









