
EL PERSONAJE
Aunque ya jubilado, Ernesto siempre ha sido fiel a su cita del mediodía y de las seis de la tarde, momentos en que, puntual como un reloj, aprovecha para leer el periódico. Las recetas, medicinas y cremas que le rodean le incitan a sumergirse en los recuerdos y hasta, de vez en cuando, lucir de nuevo la bata blanca, con la que mata el gusanillo. Allí también recibe los saludos y visitas de familiares, amistades y conocidos. Aunque como él mismo explica, «vengo a trabajar».
Porque las costumbres de toda una vida tiran mucho, demasiado, y más cuando se cumple un siglo de vivencias, como Ernesto, que ayer celebró sus cien abriles rodeado de toda su familia. Una ocasión especial para este farmacéutico natural de Oñate, que poco antes de cumplir los treinta decidió venir a Vitoria para trabajar con su buen amigo Félix Mocoroa, químico de profesión.
«A los pocos meses se enteró de que se ponía a la venta esta farmacia y sin pensárselo dos veces se la compró a su dueño, Robina», recuerdan su hijo Ernesto y su nuera Blanca, también farmacéuticos. Su destino quedó así sellado. Pocos años después, con 33, se casó con Karmele Estíbalez, vitoriana muy popular por sus interpretaciones con el txistu a pie de calle. Fue el principio de una saga familiar, que hoy día se traduce en cinco hijos, siete nietos y tres bisnietos.
Años de cambios que Ernesto ha observado desde su mirador privilegiado en una calle que por aquel entonces ya prometía ser el corazón de la ciudad. «Apenas había una decena de farmacias en Vitoria y todo era muy diferente», apunta su hijo. En aquella época el propio Ernesto se encargaba de hacer las soluciones, medicinas y pomadas que la gente pedía. Como recuerdo, aún guarda algunos de los morteros y balanzas de precisión que utilizaba.
El matrimonio y sus hijos vivían en un piso encima de la farmacia, lo que facilitaba el trabajo durante las largas guardias. «Antes eran de 24 horas, pero claro, venía un cliente de ciento en viento», señalan. Tiempo más que suficiente para juntar multitud de anécdotas, de esas que siempre alegran una velada familiar. «Nos ha contado que a veces colocaba una estufilla, venían varios amigos, freían alguna cosa y montaban una merendola», desvela sonriente Ernesto.
Con buen humor
Una de tantas historias sumadas a lo largo de medio siglo, el que su padre estuvo al frente del negocio. «Lo dejó con 82 años», recalca. Nada asombroso si se tiene en cuenta que condujo hasta los 87. «Iba con su amigo Andrés al bar El Curro, en Lapuebla de Labarca», añade Blanca.
Ahora vive con su familia en Ortiz de Zárate. Su hijo Ernesto ha sido hasta hace poco el propietario de la tienda, pero con 64 años y a punto de jubilarse, es su nieta Leire la nueva responsable. Con 36 años, supone todo «un orgullo» hacerse cargo de un negocio familiar que ha conocido desde su más tierna infancia y que ha visto pasar a tres generaciones de Zulueta. «Y las que pueden quedar todavía», sonríe Leire ante la vista de sus gemelos.
Igual que su abuelo, quien habla a los pequeños en euskera y que, pese a algún que otro achaque, no pierde el buen humor. «A ver qué remedio me queda», suspira rodeado de su familia. La misma que ayer le felicitó como se merece en la sociedad gastronómica Gasteiz Gain y que le deseó que cumpla muchos más. Que así sea.





