
La sesión, presentada por Anne Igartiburu y Antonio Garrido, dejó varias cuestiones dignas de mención y también de análisis ulterior. A saber. ¿Tiene límite la pasión por Carlos Baute y Rodolfo Chikilicuatre? ¿La tienen las cuerdas vocales de los riojanos? ¿Y sus oídos? ¿Cuántas veces se puede pronunciar el nombre de una región en apenas unas horas?
Por partes. El fenómeno Chikilicuatre es sencillamente asombroso. Apareció por entre las butacas del albero y hubo quien se planteó la resistencia sonora de la estructura del coso taurino. «Perrea, perrea». El griterío fue asombroso, ensordecedores los aplausos e increíble el coreo de las sonadillas. Él dijo: «Uno. El breikindance. Dos. El crusaíto». Y la plaza logroñesa enloqueció.
El huracán venezolano
Cuestión aparte es la facilidad de Baute para cantar al tiempo que abraza, besa, saluda, baila con el público, se arrodilla y hechiza la presencia femenina e incluso masculina de la noche televisiva. Salió al escenario en dos ocasiones: en la primera, una decena de jóvenes se lanzaron a su vera y, en la última, una de ellas acabó en las tablas entre sus brazos.
Por cierto es de justicia señalar que Julio José Iglesias cumplió su promesa. Por la mañana, visitó a los miembros de la Asociación Riojana de Familiares de Enfermos Psíquicos (ARFES), que celebra su veinticinco aniversario y, allí, apalabró la dedicatoria de su canción. Dicho y hecho. Cantó y espetó: «Quiero saludar a mis amigos de ARFES, porque me lo he pasado muy bien con ellos».
La gala fue ágil y divertida. Por el escenario pasaron veinticinco artistas, que supieron mantener, sin excepción, el interés de la concurrencia. Todos o casi todos mencionaron lo bien que se come, bebe o vive en La Rioja. Ésta fue, sin duda, la palabra más pronunciada de una gala, que no escatimó en piropos para una región que, recordaron, tiene nombre de vino.





