
BILBAO
El novillero sevillano le cuajó un inicio de faena de corte 'pererista': engarzó dos pases cambiados -por la espalda- a tres pases de pecho. A continuación ligó las series en redondo, primordialmente con la mano derecha, con aseo y sentido del ritmo. Por momentos rebozó la muleta de arena. Sin embargo, a Moral le faltó profundidad. Amontonado y encimista, Moral propició una engañosa sensación de ceñimiento y continuidad. Después de marcar un pinchazo en lo alto, cobró una estocada entera y trasera tras la que los tendidos se poblaron de pañuelos blancos. Al presidente no le quedó más remedio que conceder el trofeo. Bendita democracia taurina. Frente al ejemplar que rompió plaza, un novillo de excelente condición y nulas fuerzas, Moral cuajó un trasteo inteligente, sin la más mínima exigencia.
Sin trofeos
Quien no cortó trofeos pero causó una grata impresión fue Rubén Pinar. Con todo dio sendas vueltas al ruedo tras sus actuaciones. Su primer novillo, exageradamente descolgado de cuartos traseros, se empleó con bravura en el tercio de varas. Su encelada pelea y una inoportuna voltereta quebrantaron su limitado ímpetu. Pese a todo, quiso embestir. Pinar siempre le esperó con la muleta retrasada y trazó los muletazos en línea. Gracias a la atinada administración de las distancias y los tiempos muertos y de los imperceptibles toques de su engaño, Rubén logró empujar hacia delante las embestidas. Más allá de donde quiso el novillo. Remató con una serie de extraordinarias manoletinas y una estocada casi entera.
Su segundo utrero exhibió hechuras de toro. Brioso de salida, amagó con rajarse en repetidas ocasiones. Además del entonado inicio de faena, destacó Pinar por su titánico esfuerzo con la mano izquierda. A fuerza de cruzarse al pitón contrario, de consentir y retrasar la muleta, consiguió robar tres notables series de naturales. Presa de la ansiedad, con el triunfo en la mano, Rubén manejó la espada con atolondramiento. Tres pinchazos y más de media estocada enfriaron los ánimos del respetable.
Julien Dusseing, El Santo, no logró imponerse a un novillo bravucón, encastado, con motor y transmisión, que finalmente terminó aburriéndose de embestir. Puede que del novillero. Frente al animal que completó encierro, un serio sobrero del mismo hierro, el francés compuso un trasteo anodino. Cierto es que se hartó de conducirlo de aquí a allá, pero dijo muy poco. Casi nada. El presidente le perdonó los tres avisos. Para que luego digan que Matías no tiene sensibilidad.







