
Pero no todo fueron risas. A mediodía, las campanas de la iglesia de San Severino repicaron trágicas para concentrar al público en la plaza. Desde el improvisado púlpito, un sacerdote local anunció la terrible desgracia: la peste bubónica atacó a la primera villa vizcaína. «Todos seremos entregados a la muerte negra. ¿Ha llegado la última hora!», sermoneó en compañía de medio millar de vecinos con los que dio vida a una muy elaborada representación popular. Balmaseda recreó los estragos que la aciaga enfermedad causó en su población. «Uno de los brotes mató a 700 vecinos en siete meses y durante un tiempo sólo quedaron 12 habitantes en la villa», recordaron.
Entre cantos gregorianos
El tono sombrío enseguida dio paso al baile acompañado por cantos gregorianos, música de gaitas y toda una suerte de instrumentos artesanos. En medio de la multitud, una treintena de actores de seis compañías teatrales pugnaron por la atención del público. En todas partes se formaron corros en torno a los juegos del faquir sobre su cama de clavos, las imponentes rapaces de la tienda de cetrería o las imaginativas herramientas de tortura del palacio Horcasitas, mientras los más de cien tenderos de artesanía y alimentación 'vendieron' a voz en grito sus mercancías.
Cada uno hizo lo que pudo para lograr compradores. «Freímos las rosquillas aquí porque el olor siempre atrae a la gente y la competencia es cada vez mayor», reconoció el repostero Luis Mari Mañeco, de Mallabia. Visitó Balmaseda por quinto año, aunque su experiencia en mercados medievales no se limita a la villa encartada. «Vamos a ferias de toda España», aseguró.
Quien sí debutó fue Sergio Palacios, el herrero, que doblegó el metal con los tañidos de su yunque. «Hay gente que pregunta si soy actor», ironizó, mientras vendía un antiguo candado de hierro restaurado por él mismo. «Es uno de los mejores mercados que se pueden ver», afirmó. Fiesta a la que se sumó el chileno Christian Orellana. «Me gusta mucho cómo se mantienen la cultura y tradiciones de aquí». El suyo será uno de los muchos acentos que se oirán hasta esta noche, cuando finalice el mercado con el incendio de la Casa Consistorial. Aunque, afortunadamente, como la peste superada ayer, también será una simulación.










