El de Rontegi es un puente de gigantescos vanos, que tal vez parezcan excesivos ahora que ya no suben a Bilbao los grandes barcos. Fue un puente muy esperado. Se decía, antes de su construcción, que no era casual que el único puente entre las dos riberas de la Ría fuera el Colgante de Portugalete. Además de ser un emblema, como se dice ahora, servía de barrera protectora. En el supuesto de que los mineros y metalúrgicos de la margen izquierda se hubieran puesto alguna vez algareros, habría bastado con interrumpir el paso de la barquilla para proteger los exclusivos barrios residenciales de la margen derecha. Leyendas, pero el temor también explica la Historia.
El segundo que va a pasar la ITV de los puentes es el de Muskiz. A un lado del puente el mar, al otro Petronor. Se diría que esa fábrica, que parece de ciencia ficción en los días de niebla, ya ha colmatado la vasta vega y, sin embargo, crece y crece. El puente de Muskiz es tan grande porque sortea la refinería, y porque se asienta en una marisma a la que llegaban las aves de paso cuando el valle era más verde. En un reciente artículo, titulado, sin asomo de ironía, «Petronor gurea», el consejero delegado afirmaba que la empresa tiene licencia y paga sus impuestos, como si cumplir la ley fuera una cosa de extraordinario mérito. Después venía a decir, sin decirlo, que mucho ojito y pocas bromas: o el coque o el diluvio. A fecha fija. El coque hasta hace poco sonaba a tebeo de Tintín. Ahora suena más inquietante. Petronor gurea. Dicen los vecinos que más gurea para unos que para otros, salvo a la hora de respirar las partículas que lleva el aire. En eso quedó, para esos municipios, la revolución del 68. Blowing in the wind.











