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Vizcaya acude a la llamada de los montes bocineros
Una subida al Oiz rememora hoy la época en que se avisaba a la población con el sonido de un cuerno de la convocatoria a Juntas Generales
27.04.08 -

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En este siglo de las telecomunicaciones y del lenguaje 'sms', en un momento en el que los estancos apenas venden ya sellos y en el que una carta escrita a mano va camino de convertirse en reliquia, el reloj se detiene mañana en el monte Oiz. No sólo eso, sino que hará girar sus agujas al revés para retroceder varios siglos atrás, cuando esto de las telecomunicaciones sonaba a chino, en una época en la que para hacer llegar los avisos se empleaban otros métodos hoy absolutamente rudimentarios. Como un cuerno de vaca.

En la cima del 'mirador de Vizcaya', a 1.026 metros de altitud y envuelto en la quietud, es fácil imaginar que no ha pasado el tiempo, que no estamos en el siglo XXI, sino en el XV -obviando, claro está, las antenas que pueblan este paraje-. Y que coronamos uno de los llamados montes bocineros. Desde aquí y desde los altos del Sollube, el Gorbea, el Ganekogorta y el Kolitza se convocaba antaño a la población a las Juntas Generales de Vizcaya. Haciendo sonar un cuerno.

Lo que demuestra que había vida antes de Internet y del móvil y que no son los únicos medios con poder de convocatoria. Mañana se hará sonar de nuevo el cuerno desde el Oiz. El tañir de esta bocina de madera servirá de 'banda sonora' a la celebración, por quinto año consecutivo, de la recuperación de las Juntas Generales. Tras más de 100 años sin voz -en 1876 se abolieron los fueros- en 1979 retomaron su actividad.

La ascensión de mañana al único monte visible desde toda la provincia está programada como una jornada festiva -participarán un millar de personas- que rinde homenaje a la labor de los bocineros, los encargados de anunciar lo que fueron las primeras reuniones del parlamento vizcaíno en la Edad Media.

Se relata en las escasas referencias históricas existentes sobre esta tradición que la actividad de los también llamados 'voceros' se remonta a los siglos XV y XVI. El sistema que empleaban era sencillo. Con los primeros rayos del sol, y para avisar de la inminente asamblea, se hacía sonar un cuerno desde cada uno de los cinco montes. Unas horas antes, de madrugada, se encendía una hoguera.

Era el aviso luminoso que llegaba a aquellos rincones que el sonido del cuerno no alcanzaba. Informados los vecinos, partían hacia Gernika, donde la reunión comenzaba un día después. Inicialmente se permitía a todo el pueblo asistir a la cita, que se celebraba en torno al famoso roble, pero con el paso del tiempo el acceso se fue restringiendo a los representantes de cada zona. Aquellos fueron los primeros junteros.

Primero, desde Gorbea

No es casualidad que las cimas elegidas para hacer sonar los cuernos de vaca fueran las de montes tan significativos. Cinturón natural de Vizcaya, los cinco marcaban la división de la provincia en sus diferentes merindades. Visibles desde gran parte del territorio, su situación estratégica los convertía en altavoces de lujo, ya que la acústica de los valles permitía al sonido recorrer hasta 15 kilómetros. Hoy el ruido ambiental haría imposible escucharlo a esa distancia.

La primera señal de la convocatoria a Juntas se hacía desde el Gorbea. Desde el 'techo' de Vizcaya se avisaba al resto de bocineros y a los habitantes de las merindades de Bedia y Arratia -posteriormente también a la de Orozko-. Desde el monte Sollube, llamado 'el marinero' porque su ladera norte se hunde en el mar Cantábrico por el cabo Matxitxako, el aviso llegaba a las zonas de Uribe y Busturia, mientras que desde el Kolitza se controlaban Las Encartaciones. El Ganekogorta también era visible desde la merindad de Uribe, actual comarca del Gran Bilbao, y el Oiz disfrutaba, como ahora, de una privilegiada posición. Localizado en la zona del Duranguesado, tantos años después sigue siendo un centro estratégico de comunicación.

De bocineros comenzaron ejerciendo vecinos de cada zona hasta que la actividad tomó rango de profesión con la llegada de los Merinos, que los elegían a dedo. Muy probablemente no subían hasta la cima de los montes, sino que se quedaban en los puntos que permitieran una mejor difusión del sonido. Las convocatorias se hacían sin calendario fijo y sin periodicidad establecida, así que siempre cogían por sorpresa a los vecinos. Claro que «por la bondad del tiempo», se intentaban programar durante el verano. «Se celebraba siempre que los antiguos ancianos consideraban que había grandes asuntos por resolver», relata Ramón de la Mar en su libro 'El macizo del Gorbea'.

Confusión con incendios

A finales del siglo XVI, cuando la Edad Media ya había dejado paso a la Moderna, la actividad en los montes bocineros comenzó a decaer. Las primeras rivalidades políticas entre vecinos y la confusión que originaban los incendios forestales, interpretados muchas veces como un falso aviso a Juntas Generales, provocaron poco a poco el declive de esta tradición, que hoy se mantiene viva en el recuerdo.

De esta manera, el cuerno se sustituyó en primera instancia por el repique de las campanas de las ermitas. Luego, los avisos se escribían y los papeles de las convocatorias se clavaban en la puerta de las iglesias. Posteriormente, la notificación de la próxima celebración de Juntas se enviaba a los procuradores y apoderados que habían elegido los vecinos.

Pero unas y otras fórmulas tienen su precedente en la actividad de los montes bocineros, que un millar de personas rememora hoy con la subida al Oiz. Desde allí se hará sonar a mediodía el cuerno como en años anteriores se hiciera en el Gorbea, el Kolitza y el Sollube.
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