Ya antes de las ocho de la tarde el entorno de la plaza de España era un hervidero multigeneracional de vitorianos y forasteros ávidos de cachondeo. Aunque, para muchos, era mayor el interés por comprobar in situ el aspecto de la remozada plaza de la Virgen Blanca y la preocupación por que el niño de turno no se mojara los pies en las fuentes traidoras, por ocultas entre el gentío.
Frente a la fachada del Ayuntamiento Javier Fernández y su mujer, Maribel Alonso, cumplían con el rito anual desde las ocho de la tarde. «Salimos a disfrutar del día de San Prudencio», explicaba el hombre. Al lado, un grupo observaba a los trompeteros con aire indiferente. «Esto hay que sentirlo», continuaba Javier. «Para una persona que lo vive es muy bonito, por la tradición, por lo que tiene de histórico». Porque esto de la Retreta es más sentimiento que otra cosa, así que no hace falta meterse en honduras. «Esto une la tradición cristiana con la popular... bueno, imagino que será así». Elena Alonso, su cuñada, ríe y va al grano, «estamos aquí hasta las nueve, luego vamos a la Diputación, y después a cenar. Perretxikos y caracoles, por supuesto».
Sin embargo, pocos fueron los que esperaron al quinto toque de retreta en el Ayuntamiento. Tras el de las nueve menos cuarto comenzó un éxodo hacia la plaza de la Provincia. «¿Ya se ha terminado?», preguntó Lucía, madrileña con anfitrión vitoriano. «No», respondió Jaime, «es que se van a la Diputación». «¿Qué hay allí?», siguió interrogando la turista. «Lo mismo», reveló él algo incómodo. «Vamos».
Muy corta y muy antigua
A las nueve, un gentío se congregaba frente a la sede foral. «Con lo bien que estaba yo en casa», se lamentaba María Otxoa, octogenaria coqueta, mientras esquivaba gente del brazo de su amiga y buscaba un lugar donde poder ver a los trompeteros. «Venimos siempre. La Retreta es muy bonita, muy corta y muy antigua. ¿Pero la Virgen Blanca está feísima!». A María le apetece más hablar de urbanismo que de trompetas. «Bueno mujer, hay gente a quien le gusta», media su amiga. «¿Qué va! Calla, que ya salen los trompeteros». Suena el himno a San Prudencio y continúa la conversación. «Salen, tocan y ya se ha acabado. Es siempre así. Nosotras ya veníamos cuando éramos niñas y fíjate, ya somos viejitas...».
No se comportan como tal y aguantan los empujones, el cielo amenazante y el viento agorero. Entre retreta y retreta, la concurrencia se distrajo con danzas y txalaparta. El baile llegó en el primer y tercer cuarto de parte de Algara Dantza Taldea, cuyos componentes blandieron palos y mezclaron tradiciones e innovación. De la Txalaparta se encargó Ttukunak, dos hermanas gemelas vitorianas que aprovechan su condición para coordinarse y anticiparse en un espectáculo donde, dicen ellas, lo fundamental es la improvisación. Al son de la música tradicional, Rachel, británica de aspecto muy británico, bailaba algo rígida pero voluntariosa. «Es que me encantan los ritmos latinos», explicó inocente.






