
SAN SEBASTIÁN
Y uno de Fuente Ymbro, quinto. 500 kilos. Negro, vareado, fino de cañas, muy afilado. Agresivo el porte. El Juli, bendición para el toro que sea y toque, se encargó de que los premios cayeran en pleno sobre él. Toro más completo, mejor picado y mejor lidiado. Y el mejor banderilleado, porque Carretero arriesgó en dos pares soberbios. Y si El Juli le arrea a la primera y no a la segunda el sopapo inapelable con que lo tundió, se arrastra sin orejas. Ese toro que tuvo la fortuna de encontrarse en San Sebastián a El Juli. Si llega a ser de El Juli el toro de Zalduendo, premio para Zalduendo. Etcétera.
La organización de la suerte de varas sirvió para calibrar cada toro casi como en un tentadero. Sólo un caballo de pica en liza, y sólo una raya de picadores; terrenos acotados frente a toriles y lejos del rastro; un ojo de cerradura en el platillo para que desde ahí se arrancara sin excusa el toro. Pegados los lidiadores a tablas en cuanto el toro estuvo en suerte. Condiciones cumplidas con escrúpulo. Tal vez la gente había ido a ver más a los toreros que el concurso. No se sabe. En todo caso, de la transparencia de varas disfrutó la mayoría.
Diego Ortiz picó con acierto y valor, y con estilo de gran caballista, al quinto. Premiaron a Diego con ovaciones, que iban por él y por el toro. Y por El Juli y su precisión providencial. Y, luego, su ciencia, su conciencia y su corazón de mayúsculo muletero. Para sacar del toro lo que tenía y cribarlo. Para tragarle los ataques a veces desordenados y turbulentos. Para domeñarlo por abajo, para taparlo cuando a última hora el toro quiso rajarse. Pero se puso El Juli por medio. La faena, ligada y limpia, fue de las de gran categoría. De rugido mayor: por el dominio, el temple, la decisión, la armadura y la resolución.
Toro de línea paralela fue el segundo. De Victoriano del Río. Lastimado, no resistió ni la mitad que los otros. Ni pudo tanto como quiso. Escarbó. El Juli le dio cuerda, gancho, sitio y ventaja. No le dio el aire al toro, que se fue bien toreado. Desdijo en nota el último, el de El Ventorrillo, que se paró, y fue el único. Estaba echada la suerte del concurso. Fue el único de pobre nota en varas. Gallo se pegó un arrimón. No llegó a contar el cuarto, de Cuvillo, con hechuras de lo viejo de Jandilla. Dos veces perdió las manos. Se desparramó, claudicó sin haberse sangrado, fue devuelto. El sobrero, de Fuente Ymbro, no entró en concurso. Y, sin embargo, contó. De buen juego, personalidad y cuajo originales, intermitente motor y no mal estilo. Morante, segurísimo, garbeó por casi todos los palos que conoce y maneja y saber hacer sonar: el medio muletazo, el muletazo entero, por una mano y la otra, los de perder pasos y ganarlos, el birlibirloque. Distinto. Sin romperse la cabeza, sino improvisando. Y eso le gustó a casi todo el mundo mucho.






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