
A su juicio, el escritor introduce un «inevitable punto de vista» y una «inevitable subjetividad que deforma, tergiversa, distorsiona y contamina aquello que quiere contar».
Ante un nutrido auditorio presidido por el ministro de Cultura, César Antonio Molina, académicos y personalidades del mundo cultural y político, Marías recordó a su predecesor en el sillón R, Fernando Lázaro Carreter. «Quitó algunas telarañas a la Academia, le lavó la cara, la modernizó y consiguió algo que parecía improbable durante algún tiempo: que la Real Academia dejara de ser percibida por el grueso de la población como algo levemente rancio, más bien sesteante, casi ornamental y vagamente inoperante».
También alabó los artículos del antiguo director de la RAE. «No llegué a conocerlo en persona, así que ignoro si él tenía en poco o en más su producción periodística, pero, fuera como fuese, en ella consiguió su mayor proeza pública: en los artículos reunidos en 'El dardo en la palabra' y 'El nuevo dardo en la palabra' logró lo inverosímil: que los perezosos españoles se interesaran por cuestiones lingüísticas».
A pesar de esta autocrítica y autoflagelación -y como bien apuntó Francisco Rico en su respuesta-, Marías salvó la labor del novelista en las últimas líneas de su discurso. «Pese a esa puerilidad con la que inicié esta disertación, pese a sus trampantojos y sus ilusiones, el novelista que inventa es el único facultado para contar cabalmente, a diferencia de los cronistas, historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas, diaristas, testigos y demás esforzados de la narración abocados a fracasar».






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