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ANÁLISIS DE PATXI ALONSO
Vista al frente

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Ya sabemos que el fútbol es mucho más que un deporte. Ni siquiera el concepto de espectáculo abarca la capacidad de atracción que ejerce sobre nosotros este diabólico juego. El fútbol es, ante todo, pasión. Y hay partidos que lo escenifican a la perfección. Un Real Madrid-Athletic, por ejemplo. La visita anual al Bernabéu nos provoca una sensación semejante a la de la llegada de los Reyes Magos en nuestra infancia. Lo mejor siempre son los preparativos. El mero hecho de imaginarse un triunfo rojiblanco en el foro es un placer equiparable al que sentíamos de niños cuando metíamos las manos en la mermelada. Una promesa de victoria en Madrid huele a plastilina y sabe a Nocilla. El problema es que nuestro Athletic se ha empeñado en recordarnos, un año más, que los Reyes Magos son los padres. Las ilusiones se dispersan nada más desenvolver el regalo como una bandada de pájaros después de un disparo. La realidad llega así, terca y puntual, para acabar con nuestros sueños.

Borges afirmaba que durante una época salía de los cocktails con la vaga sensación de haber sido abofeteado. Retrato perfecto del forofogoitia bilbaino a la salida de Chamartín. Pero la afición del Athletic está formada por un orfeón irreductible. Somos de Bilbao. En el fondo nunca desterramos la esperanza de que la sorpresa, lo inesperado, irrumpiera para perturbar lo real. Por desgracia, nuestros sueños chocaron un año más con la inocencia propia y el acierto ajeno, encarnado en un guardameta sublime que parece inspirarse especialmente contra los rojiblancos. Iker sigue sacándonos de nuestras casillas.

Para quienes paseamos la bandera rojiblanca por el kilómetro cero, el partido tiene el castigo añadido de imaginar la dicha que nos está vedada en el día después. Para afrontar el trance anual, suelo tirar de mis clásicos. Espera lo mejor y prepárate para lo peor, recomendaba Pessoa. Pues eso. En el Bernabéu puedes abrazar la escuela estoica y confiar en la imperturbabilidad de tu ánimo durante dos horas interminables, o sacarle la anilla a la granada de mano y sonreír ante el pelotón de fusilamiento. La conclusión suele ser la misma. Una película de la que ya te conoces el final. Y no, no acaba bien. Mueren los buenos.

Ni siquiera sirvió recurrir a un acto de fe. Para ahuyentar a los malos espíritus, acudíamos este año al Bernabéu como algunas tribus de nativos americanos al campo de batalla. Los indios se enfrentaban a los conquistadores portando la osamenta de uno de sus legendarios jefes, para que les transmitiera el espíritu necesario y poder afrontar con entereza semejante prueba. Ese espíritu lo encarnaba a la perfección Carlos Gurpegi. El navarro saltaba al césped representando los valores que, según Ernesto Sabato, parecen perdidos para siempre en nuestra sociedad: la grandeza ante la adversidad, el coraje físico y la entereza moral. Carlos salió, vio y jugó. Para el, estar era ya sinónimo de ganar. Fue un rayo de sol en la noche blanca.

La derrota del domingo ya es historia. Lo realmente importante a estas alturas, y con lo que nos ha costado sacar la cabeza del agujero, es evitar que se pierda nada de lo que se ha ganado. No hablo de puntos, sino de autoestima, legítimo orgullo, comunión con la grada e ilusión de futuro. Vamos a repetirlo cien veces y a escribirlo en la pizarra. Quedan cuatro partidos para mantener viva esa llama y soñar con un futuro mejor. Arriba los corazones. Vista al frente y a por ellos.
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