La espera en el consultorio se alargaba y entonces el marido desplegó EL CORREO hasta que llegó a una noticia que le cambió el semblante. Requirió de pronto con gesto de espeluzne la atención de su esposa para que leyera lo que él estaba leyendo, lívido y horrorizado. Su mujer leyó la información, palideció y dijo: ¿Dios mío. Es espantoso. Qué monstruo! Y ya no volvieron a reír hasta que se les llamó para la visita con el doctor.
Era fácil de adivinar para alguien que ya hubiese leído el diario que los esposos acababan de topar en el periódico con un gran horror reciente, con el espanto descubierto bajo el suelo de la confiada Austria pulcra y segura, culta, civilizada, tierra hermosa de, aparentemente, sosegada belleza. Paisajes de montañas de envoltorio de chocolates. Lugares de cuentos de hadas por donde corre la saltarina Heidi al tiempo que otra niña es sepultada en vida hasta casi 25 años después; violada, torturada por su monstruoso padre-padrone, enterrada viva a dos metros de profundidad del primoroso jardín paterno.
Equilibrio, armonía...son máscaras perfectas para ocultar la iniquidad máxima que sólo el fruto del azar destapa. Parecer 'un señor normal' para el austriaco Josef Fritzl ante vecinos y conocidos fue pan comido. Aparentar 'ser normal' es sencillo, cómodo, practicable, asequible, accesible. Por eso es el disfraz de 'normalidad' el más temido, por ser el que mejor cuela y el más peligroso. Más que los monstruos sin careta, sin tapujos ni disimulos.







