Dos son los temas que más pueden perturbar a la sociedad americana: el racismo y la violencia terrorista. Por eso el senador afroamericano decidió pasar por ellos de puntillas. Pero el riesgo de los padres progres está ligado a su ambición de hacerse amigo de sus hijos, y pueden pasarse de confianza. Wright es de aquellos que, además, les complica la existencia.
En el caso de EE UU no es tan malo que la religión acompañe a la política sino que muchas veces tome por ella las decisiones. Sucedió con Bush, que alcanzó el poder como escudero de una de las más rancias y belicosas prácticas cristianas, en una sociedad eminentemente conservadora y atribulada por toda suerte de misticismos. Y ese es un problema, que un mensaje cabal pueda al mismo tiempo ocasionar temor en una buena parte de del electorado. Al considerar, desde las posiciones avanzadas, que ya hizo bastante daño el radicalismo bíblico como para escuchar de nuevo la misma música con distinta letra.
Hasta ahora la estela del reverendo Wright sólo había traído bendiciones a Obama. Incluso le permitió articular uno de sus mejores discursos en Filadelfia. En él reprochaba a los negros su desánimo y alertaba sobre el error que constituiría su desobediencia civil: «La Iglesia contiene en su plenitud la bondad y la crueldad, la inteligencia crítica y la ignorancia desconcertante, el amor y las amarguras». Una rabia, decía Obama, negada en público «pero que encuentra eco en la barbería o en la mesa de la cocina». Enardecía a los negros y regalaba el oído de los blancos. Pero la insistencia del pastor en las críticas a la sociedad americana culmina en la imputación nada genérica de su responsabilidad en el 11-S por culpa de su prepotencia. Y todo ha vuelto a sangrar por la misma herida. La sagrada rabia se ha convertido en cabreo casi unánime contra el reverendo que, en su deriva, parece arrollar al senador negro. De un modo tan confiado y dañino, que hay quien se pregunta si no irá ligado a la campaña orquestada por el equipo de Hillary Clinton, y que ya enseñó la patita cuando cargó la mano sobre su ascendiente musulmán.
Y es el problema, que el hijo se desvíe del camino y su discurso acabe siendo respuesta interminable a su padre, un reverendo fanático, en el país donde la práctica religiosa forma parte de la vida, y la religión es en una forma de separar. Justo de lo que pretendía huir Barack Obama.







