
Sin embargo, para que la queja no se quede en una inofensiva pataleta es necesario tomar medidas. En primer lugar, «hay que hacer la protesta in situ», dice Muñoz. «Si se pierden las maletas en el aeropuerto, ante la compañía aérea; si el alojamiento es malo, ante el hotel; si las excursiones no son las pactadas, ante el representante de la mayorista de viajes...». El documento que genere la demanda (por ejemplo, una hoja de reclamaciones o el sello de la empresa en el documento que refleja un cambio en el programa contratado) servirá como prueba para iniciar el proceso una vez de regreso en casa.
Tirar la toalla
«Con esos papeles, el consumidor debe acudir a una asociación, porque enfrentarse a una agencia de viajes o a una compañía aérea sin conocimientos de consumo es imposible», explica el abogado. «Cuando un particular hace una reclamación por su cuenta, generalmente, acaba tirando la toalla».
Ese primer acto de rebeldía de poco servirá si no se conservan billetes, facturas y justificantes de los servicios recibidos. Por este motivo, las personas meticulosas, ésas que acumulan papelitos aparentemente inútiles, tienen más posibilidades de sacar adelante su reclamación.
Pese a todo, la lucha contra grandes empresas siempre es difícil. En este sentido, la ley es indulgente y «da al consumidor 2 años para reclamar», explica Mikel Muñoz. De ese modo, «da tiempo para elaborar la prueba» a partir de esas respuestas educadas e inútiles que, tras muchos intentos, recibe el viajero agraviado por parte de la mayorista o la aerolínea.





