
Caminar hasta el santuario era, por tanto, la mejor idea para un día como el de ayer. Los más devotos, como Pili y José Luis, dos «enamorados» del bucólico paraje alavés, llegaron a pie desde Vitoria cuando el repique de campanas llamaba a la misa mayor. Dentro, les esperaban ya diversos representantes del Gobierno foral, con el diputado general, Xabier Agirre, a la cabeza. Para entonces, María Marquínez y Zuriñe Corres llevaban ya más de dos horas mirando hacia el santuario. A sus 14 y 13 años, las dos amigas, aficionadas «desde siempre» a los pinceles, eran las benjaminas del concurso de pintura al aire libre que todos los años congrega a numerosos aficionados y profesionales del óleo en torno al cerro desde el que, dicen, se ven ochenta pueblos.
Miguel Ángel García era otro de ellos. Veterano ya en el concurso -«pese a que la pintura rápida no es lo mío»- este profesor de la Escuela de Artes y Oficios instaló su caballete frente a la fachada lateral del santuario con el «ánimo de disfrutar, de comunicarme con la naturaleza pintando». ¿Y de ganar? «¿Y por qué no? Aunque, con sólo quedar entre los tres primeros, ya sacaría el champán».
Al plato
Otros, como los cocineros de Boilur, prefirieron empuñar la bota de vino, por un lado, y la sartén, por el otro. Y una vez más, no defraudaron ante una multitud de estómagos hambrientos a los que saciaron con trescientas tortillas cocinadas al alimón por Germán Alvarado, Aracama, Alejandro y Navarrete. A un promedio de 75 tortillas por barba. 'Sólo' les hicieron falta cuatro horas de cocina a pleno rendimiento -sin contar el trabajo previo de pelar y cortar las patatas-, 150 kilos de tubérculo y 150 docenas de huevos. Casi nada.
Entretanto, los cocineros de siete sociedades gastronómicas ponían también sus patatas a remojar. En su caso, para dar forma a los platos con los que, después, habrían de conquistar al jurado del concurso gastronómico. Javier Arrieta y Fernando Irazu, de Bustinzuri, se llevaron por segundo año consecutivo el gato al agua con su cilindro de patata relleno de morcilla con compota de manzana y pistacho machacado.
«Primer año, primer premio. ¿Segundo año, último premio?», se preguntaban antes de saberse ganadores. José Mari Manchola, de la sociedad gastronómica Abendaño, les respondería que no. Y es que, aunque ayer su puré de patata con melón, aceite de trufa y jamón ibérico no rascó premio, el veterano cocinero puede presumir, y presume, de tener en su haber el trofeo San Prudencio. Y eso por haber ganado el concurso del patrón tres años seguidos y cinco alternos. El año que viene, cada alavés volverá a celebrar como mejor sabe sus fiestas patronales. Y José Mari, cómo no, lo hará entre fogones.





