Aquella información tuvo muy buena acogida entre los lectores, que se apresuraron a señalar otros puntos negros de su conocimiento. Entre todos se confeccionó un mapa de los lugares más inseguros de Bilbao, una especie de itinerario a evitar llegadas ciertas horas. Por su parte, el Ayuntamiento aseguró llevar años tratando de mejorar muchas de esas zonas, pese a la evidente dificultad de vérselas con una vieja ciudad pródiga en rincones.
La idea de disminuir la peligrosidad estructural de nuestras calles parecía pragmática y civilizada: una buena medida. Sin embargo, todo queda en nada si se permite que los agresores reincidentes caminen con tranquilidad por esas mismas calles que pretendemos mejorar. El pasado miércoles, la Ertzaintza detuvo a un individuo de 35 años acusado de agredir sexualmente a una mujer en Getxo. El tipo abordó a su víctima cuando ésta trataba de subir a su coche. Afortunadamente, la mujer pudo escapar y su agresor está detenido.
La noticia debería terminar ahí, pero falta una coletilla que comienza a resultarnos conocida: el agresor era reincidente y había sido detenido hace unos días por atacar a otra mujer. No se trata de un caso puntual: últimamente hemos sabido de situaciones similares que han derivado en absolutas tragedias. Dentro de nuestros esquemas queda sitio para la idea de que un canalla cometa una canallada. Lo que no es tan fácil de entender es que, después de haberlo atrapado, le demos la oportunidad de volver a cometerla.
Extraña que la Justicia pierda de vista a ciertos delincuentes, ya que no es lo mismo robar un coche que violar a una mujer o abusar de un niño. Preguntados por esta clase de sucesos, los expertos suelen responder que el problema no radica en las leyes, sino en la falta de medios que se tiene para aplicarlas. No estaría mal que alguien explicase ahora qué hacía el agresor de Getxo en la calle.




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