
Están en proceso de adaptación al nuevo convento, pero no por ello rebajan la exigencia de cada jornada. Se levantan al rayar el alba. Media hora después, comienza el oficio de lectura, seguido de laudes, una de las siete horas en las que dividen los rezos diarios. Oración, desayuno, tareas comunitarias y misa. Por la tarde, cosen: una empresa les confía la labor. Charlan en el tiempo de recreo y, todas las jornadas, ensayan canto. «No nos aburrimos», aseguran. «Cada día es enriquecedor».





