Si resulta cuestionable que el congreso pueda erradicar totalmente las diferencias de fondo explicitadas tras el 9-M, también lo es que esa disposición a sumar las diferentes posiciones diluya las tensiones y, lo que es aún más relevante, que contribuya a clarificar el proyecto de oposición del PP. La identificación de las discrepancias como fruto de aspiraciones personalistas ha contribuido a proyectar hacia afuera la división interna, pero, al plantearse en esos términos, también ha solapado el debate sobre la estrategia que habrá de desarrollar el partido en los próximos cuatro años. Con su aparente aceptación de que el congreso apuntalará el liderazgo de Rajoy pero sin que eso signifique ninguna certeza sobre la candidatura a las generales de 2012, los populares corren el riesgo de que el momento en que pueda producirse esa designación se convierta en una especie de objetivo último. Lo que significaría tanto como minusvalorar que el aspirante, sea quien sea, sólo lo podrá ser con garantías desde los réditos que proporcione una labor de control al Gobierno lo suficientemente eficaz como para retener los apoyos propios y atraer a quienes dieron la espalda al PP el 9-M.







