
EL BUITRE EN ÁLAVA
La explotación pertenece a los hermanos Martínez de Marigorta, quienes se enteraron de lo ocurrido después de que un cazador alertara a un responsable del coto de la zona por la abundante presencia de buitres junto a su finca. «Nos llamaron para decirnos que había un ternero muerto y que había muchos buitres en la zona. Me temí lo peor», confiesa Eduardo, uno de los hermanos.
Llegó al pueblo en torno a las once de la mañana. «Aún quedaban medio centenar de buitres revoloteando», recuerda. La improvisada conversación tiene lugar a tan sólo un par de metros del ternero, cuyo cuerpo quedó completamente despezado al otro lado de la verja que valla la finca. Alrededor, se podía observar el rastro de decenas de plumas dejado por las carroñeras. «Llevamos aquí toda la vida, pero es el primer ataque que sufrimos de estas características», explica Eduardo, que posee una explotación sesenta vacas.
Pese a todo, asegura que desde hace muchos años se han visto buitres por la zona, debido, sobre todo, a la proximidad de la sierra de Badaya. Lo que no llegaba a entender era el porqué del ataque que acababa de sufrir. «Por lo general, siempre atacan a cadáveres o a las vacas recién paridas. Huelen la sangre y van a por ella como locos. Ya se sabe, cuando hay hambre y no hay donde comer...», apostilla.
Eduardo, como su hermano, tienen sus respectivos trabajos y mantienen la explotación como un hobbie. Una afición que «a menudo se convierte en disgusto», lamenta.
Indemnización
El cadáver yace tapado por dos palés. Lo está, explica Eduardo, para evitar el retorno de más buitres antes de que los técnicos de la Diputación acudan a la finca para dar fe de lo ocurrido. Ahora, el único consuelo de los hermanos Martínez de Marigorta es recibir una indemnización que hasta la fecha nunca han tenido que solicitar. El pasado año, el Ejecutivo foral atendió 23 de las 43 denuncias recibidas.
Tras ataques como el de ayer, vuelven a sonar las mismas preguntas de siempre. ¿Cómo se erradica este problema? «Es complicado. El buitre hace una gran labor en el monte, pero hay que estar en la piel del ganadero que sufre constantes ataques, ya sea del buitre o del lobo», destaca Eduardo.
Y todo ello con una población de buitres que se ha multiplicado por treinta en las tres últimas décadas hasta alcanzar las 544 parejas. De momento, mientras la Diputación trabaja en la apertura de un comedor de carroña en Valderejo, los ganaderos exigen medidas «urgentes» canalizadas a través de un plan de gestión que incorpore medidas de «prevención».





