
VITORIA CENTENARIA
De entre todos los centenarios de la ciudad destaca Eugenia Rodríguez. Con sus 108 años, a sólo seis meses de llegar a los 109, es la abuela de Vitoria.
EUGENIA RODRÍGUEZ
108 años
«Le ha tocado de todo en la vida; de lo bueno y de lo malo»
Eugenia vive encaramada en un tercer piso sin ascensor con escaleras de madera. Permanece en un sueño plácido, abrigada por una toquilla, sobre su silla de ruedas, y a veces abre los ojos. En su cabeza guarda buena parte de la historia de Vitoria, pero esos recuerdos ya no encuentran salida. «Le ha tocado de todo en la vida, de lo bueno y de lo malo», resume su hija Milagros, que desde hace 16 años consagra su existencia a devolver a su madre parte de lo que ha recibido de ella.
Eugenia está rodeada en el pequeño salón por decenas de fotos felices que resumen más de un siglo de vida. Hay de esas en blanco y negro con marcos difuminados, y también de las que, en tonos pastel, recogen momentos más cercanos, y otras actuales en las que aparece acompañada por niños sonrientes. Ha tenido trece hijos, de los que sólo viven tres, «veinte nietos y 'veintipico' biznietos. También tiene un tataranieto y está al llegar el segundo», informa Milagros.
Cuando se le pregunta por su madre, esta mujer de 76 años bien llevados es escueta y rotunda: «Ha sido una madre muy buena y muy trabajadora. Ha cargado con lo que ha tenido que cargar y ha querido muchísimo a los nietos». También «ha sido muy discreta, nunca ha sido de salir, sólo para trabajar», y por eso Milagros prefiere que en estas páginas no aparezca su foto. «No creo que a ella le gustase».
Eugenia nació el 13 de noviembre de 1899, el mismo año que Al Capone y Ernest Hemingway, el año en el que se empezó a hablar de algo ruidoso y lejano llamado 'automóvil' y cuando Sigmund Freud publicó un extraño libro llamado 'La interpretación de los sueños'. Aunque la abuela de Vitoria pasó sus tres primeros meses de vida en Haro, el resto de su existencia ha tenido como único escenario la capital alavesa. Trabajó como modista y ella misma se hizo el traje de novia para casarse con Ambrosio Otazu. Él era tramoyista en el teatro Principal, y ella pasó a encargarse de 'amueblar' el escenario para cada representación, ayudada más tarde por sus hijos.
Cuando cumplió los 92 años la familia en pleno le hizo una fiesta «y fue la primera en echarse a bailar». Pero al año siguiente «la operaron del intestino y empezó a decaer». Fue entonces cuando Milagros, con sesenta años, pidió la jubilación para cuidarla. «Siempre fue una mujer muy buena, y llegó el momento en el que era ella quien me necesitaba». Ahora, casi 16 años después, recibe ayuda oficial durante hora y media al día y también le echa una mano gente de la parroquia. «Por lo menos, me va a quedar la satisfacción de haber cuidado a mi madre todo lo bien que he podido».
LOPE PÉREZ AGUADO
101 años
«Si me quitaran 20 años las volvería tarumbas a todas»
Los vecinos del pueblo conocían a Lope como 'El Talgo' por su caminar enérgico. Ahora, sus 101 años le han obligado a rebajar el ritmo de su marcha pero no el de sus guasas. Bromea en la residencia Jesús Guridi, su casa desde hace cinco meses. Allí vacila al personal y baila jotas. Levanta brazos y piernas muerto de risa: «Si me quitaran veinte años volvería tarumbas a todas estas», advierte señalando a las cuidadoras.
Al principio, Lope quiere hacerse el gruñón porque cree que es lo que deben hacer los viejos. «He llegado a esta edad después de muchas penalidades y de trabajar mucho. Ahora que llega lo bueno es cuando uno ya no puede disfrutar de la vida». Está mintiendo porque, si el disfrute se mide por la intensidad de la sonrisa, él goza bastante.
Nació en Mazariegos de Campos, en Palencia, y aún se acuerda de las «pifias que hacía de pequeño, cuando corría a las muchachas y hacía a mi madre renegar». También de esas meriendas en las que «repartíamos un puerro entre tres». «Ahora te puedes encontrar un bocadillo de jamón tirado en la calle. Antes, unas mondas de naranja no duraban ni un minuto».
En su adolescencia cuidaba corderos y en la Guerra Civil estuvo en Vitoria, «en el campo viejo de aviación, en Salburua. Lo único que hacíamos era escapar de las balas y disparar a donde fuese tumbados en el suelo». Luego pasó muchos años «detrás de un par de mulas, en el campo», y para lograr una jubilación «tuve que ir diez años, de 1955 a 1965, al servicio militar de construcciones, a sanear terreno con pico y pala».
Llegó a Euskadi hace una década, cuando enviudó y decidió que era el momento de acercarse a sus hijos. Y desde noviembre está en la residencia. «Los 101 años me sientan muy bien. No tengo enfermedades, no me duele nada, como lo que me dan y duermo como un 'cotorro'». Le gusta jugar a la brisca, pero sus ojos brillantes le fallan y «ya no veo las cartas». Pero sí disfruta cuando «el airecillo me da en la cara, o cuando paseo por la sombra con mis hijos». Como todos los años, su ilusión es visitar el pueblo este verano. Y como todos los años, cuando emprenda en viaje de regreso a Vitoria se despedirá de Mazariegos de Campos levantando la mano y diciendo, «adiós, ya no vuelvo».
JUSTA LÓPEZ DE EGUILETA
101 años
«Tengo ilusión por llegar a los 102 e ir de excursión»
-Qué impresión tener 101 años...
-A mi no me impresiona nada, y voy a cumplir 102 en julio.
-¿Qué hay que hacer para conseguir llegar a su edad?
-Trabajar mucho y comer bien. Un puchero de patatas con chorizo todos los días.
-Ahora no recomiendan eso.
-Antes sí.
Justa recibe en su habitación de la residencia Txagorritxu, sentada bajo la ventana y rodeada de fotos en blanco y negro, crucifijos y figuritas de cerámica. «Aquí estoy encantada de la vida. Pero lo que más echo en falta es caminar bien, ir sola a los sitios». Hasta hace un mes y medio daba largos paseos alrededor de la residencia, pero un mal día se cayó en la habitación y se hizo una brecha en la cabeza. «Desde entonces no me dejan ir sola. Por aquí, por casa, ando con esto», dice a la vez que golpea con desprecio un tacatá, «y para salir me lleva una chica en una silla de ruedas».
Pese a todo, Justa no pierde la sonrisa ni las ganas de moverse. Quiere celebrar sus 102 años «igual que los 101, en la playa de San Sebastián», y también tiene ganas de «ir a Armentia ahora que ha pasado la fiesta». Porque «quiero dar vueltas por ahí, pero estas piernas no quieren, dicen que ya han trabajado bastante», lamenta mientras se golpea la pantorrilla. «Es por la flebitis».
Nació en Mendiola y trabajó «en todo: arrancando patatas, alubias... he trabajado una barbaridad». Recuerda que «durante la guerra iba todos los días hasta Urbina con una carreta y un caballo para traer leche a Vitoria». A veces también traía huevos y todo lo que le ofreciesen. «Había que ir pronto, porque pegaban muchos tiros desde el monte y te paraban para ver si llevabas algo de estraperlo». Por si fuera poco, se hizo cargo de la huerta cuando, tras casarse a los 21 años, se fue a una casa en Betoño con su marido, que era ebanista.
Con el paso de los años y por los achaques del hombre se trasladaron al centro de la ciudad y cuando enviudó, hace ya treinta años, se mudó a la residencia. Allí sigue su rutina diaria de misa, paseo, comida, paseo y rosario. «Soy muy religiosa. Muchas veces digo, 'Dios mío, ¿para qué vivo tanto si aquí ya no hago nada'?». Algo sí hace, como ganar trofeos en las competiciones de bolos. Y esperar al 2 de julio, día de su cumpleaños. «Tengo ilusión de llegar a esa fecha. A ver si me encuentro bien y vamos de excursión».





