La 'Cabalgada de Mustangs', que cada año organiza el Ford Mustang Club de España y que en esta edición ha recorrido diferentes pueblos de La Rioja, Álava y Burgos, llegó ayer hasta el yacimiento romano de Iruña-Veleia. Veintidós unidades, principalmente de la primera generación, de modelos tan sorprendentes como el Fastback, el Shelby, el Cobra, el GT 500 o el Convertible. Entre todos ellos destacaba el primer 'pony' matriculado en España. «Un conde de Barcelona lo compró, en 1965, para regalárselo a su hijo. Pagó por él 347.512 pesetas de la época, más de los que costaba un piso», detalla Julio Santamaría, responsable de la 'Cabalgada', vice presidente del club y una verdadera autoridad en la materia.
Llegados desde diferentes puntos de España, los miembros de esta asociación tienen en común su pasión por los coches antiguos en general y por este modelo, en particular. Para David Rodríguez, que llegó el jueves desde Toledo, «tener un Mustantg es como hacer realidad un sueño. Compré el mío hace apenas dos meses, a un particular de Cádiz que tenía prisa por vender. Me lo dejó bastante barato: 17.000 euros». Es un Hardtop, del 65, con todos los elementos originales. «Sólo le han añadido el aire acondicionado, el resto venía de serie».
También José Luis Cuadrado conserva el suyo «idéntico a como salió de la fábrica. Tiene la misma radio que hace 40 años». Aunque la tecnología avanza, así que la guantera de su Fastback esconde un reproductor de cedés y de mp3. José Luis cree que sería «un sacrilegio» poner un reproductor moderno en el frontal de este coche, «desentonaría; estropearía el conjunto».
Homologaciones
Por supuesto, José Luis tiene otro coche, el que utiliza habitualmente. «Éste no lo uso a diario, lo reservo para salir a vacilar los domingos», comenta entre risas. «No, en serio, quiero que me dure, y por eso lo cuido tanto».
Y es que para hacerse con un Mustang -Ford no lo comercializa en España, con lo que hay que importarlo desde Estados Unidos-, además de rascarse el bolsillo, hay que someterse a un pequeño calvario de papeleos, homologaciones y modificaciones. Nada comparado al placer de sentarse al volante de este clásico, que ha acabado por convertirse en una leyenda sobre ruedas.





