
Inspirada en un relato de Balzac, el mismo que escribió «el amor no es sólo un sentimiento. Es también un arte», Rivette explora con agudeza impulsos amorosos, sin dejar de lado las costumbres de la época y utilizando un tono realista, con derivaciones literarias, hasta el punto de intercalar rótulos en el desarrollo de la historia. Estética clásica, tan rotunda y ajena a las modas imperantes como siempre, reservada a paladares tan exquisitos como pacientes, de los que son capaces de saborear un filme denso, riguroso y obsesionante.
No se trata de un filme romántico al uso, sino de la disección de ciertos estados de ánimo marcados por la excitación amorosa, en un juego sutil y con más mala uva de la que en principio pudiera parecer. Todo lo cual da paso a un esfuerzo creativo contemplativo, a partir de un itinerario de mensajes misteriosos, preñado de presentimientos, donde los errores vitales conducen de forma irremediable a la infelicidad. En definitiva, un Rivette fiel a un método en el que la influencia del maestro Jean Renoir es evidente, desmonta con tacto los resortes secretos del amor.






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