
«La mayoría de la población no exige la implantación de un sistema democrático al estilo occidental, pero sí que se suavicen las restricciones que afectan a nuestros derechos como personas», expone Huang Luwen, estudiante de la Universidad de Fudan. «No tenemos problema en aceptar las directrices del Partido, pero es necesario que China se adapte a las necesidades del siglo XXI, que acaben con la censura de Internet y de los medios de comunicación, y que se permita a la población acceder a más puntos de vista. Porque eso no tiene nada que ver con el comunismo, sino con el autoritarismo», se lamenta.
El uno de julio de 1997, China adoptó finalmente el eslogan diseñado por Deng Xiaoping de «Un país, dos sistemas». Hong Kong, entonces, y Macao dos años después, colonias británica y portuguesa respectivamente, se integraron en la china comunista. Mantendrán su capitalismo intacto hasta 2046 y 2049, momento en el que se fundirán completamente con la Madre Patria. Teniendo en cuenta los vertiginosos cambios que se dan en el país de Mao, es posible que sea China la que termine adoptando el sistema de las ex colonias, y no viceversa.
Buscando modelo
El resultado podría ser similar al existente en el Singapur de la actualidad, una ciudad-estado paradigma del capitalismo que combina una de las mayores libertades económicas del mundo con un gobierno autoritario no elegido democráticamente. Son significativas dos características de este modelo. En primer lugar, el hecho de que Singapur también fue colonia británica, y, en segundo término, la composición de la población, cuyo 85% pertenece a la cultura china.
«Los chinos nunca harán las cosas como se les diga, ni como se espera de ellos. Nos sorprenderán con sus contradicciones y con su pragmatismo», afirma Oscar Urdangarín, guipuzcoano de Deba y representante de Danobat en China. Lo que está claro es que si Marx o Mao levantasen la cabeza se quedarían boquiabiertos. Que les agradase o no la realidad es otro cantar.







