
La biografía personal de Boris Johnson dista mucho de ser un ejemplo de probidad. Su trayectoria política le sitúa claramente en el campo de lo que, en los tiempos de Margaret Thatcher, se definió como el 'conservadurismo húmedo'.
El tono y el contenido del discurso del nuevo alcalde de Londres señalan el intento de recuperar para los 'tories' una imagen exenta de la «ferocidad injuriada» con la que el escritor Ferdinand Mount ha descrito el comportamiento de sus correligionarios en los últimos años.
Cameron coqueteó con los 'neocons' cuando estaban de moda y hay, en su Gabinete en la sombra y entre sus colaboradores íntimos, seguidores de la versión del conservadurismo promovida en Estados Unidos por Newt Gingrich o Dick Cheney. Los héroes son Ronald Reagan y Thatcher, o el político demócrata americano durante la guerra fría, Henry Jackson.
Boris Johnson fue el látigo de Bruselas en el periodismo, cuando los conservadores británicos se ensimismaron tras el hallazgo por Thatcher de una vena populista con su célebre discurso euroescéptico en Brujas, en 1988. Pero en Oxford flirteó con los socialdemócratas de Roy Jenkins o Shirley Williams y, logró un escaño en el Parlamento apadrinado, en Henley, por Michael Heseltine, inspirador de la revuelta que desembocó en la dimisión de Thatcher.
Cameron se aupó al liderazgo del partido tras un pacto con la corriente ya eurófoba, que le obligó a una decisión chocante, el abandono del Partido Popular Europeo. Le ha costado la ausencia en las conferencias de los conservadores británicos de Nicolas Sarkozy o Angela Merkel. Fue el precio que pagó el clan de Eton y Oxford por el apoyo de Liam Fox y su iluminada banda de meritócratas populistas.
«Sociedad rota»
Si la política internacional de Cameron es confusa -se declara engañado para apoyar la invasión de Irak y por ello le aisla George W. Bush, que prefiere las amistades fieles de Tony Blair o José María Aznar- su discurso nacional insiste en la necesidad de reparar la «sociedad rota».
Esa idea estuvo presente en el discurso de Johnson. Recordó que un chico de 15 años murió de un navajazo en la noche electoral. «Este problema de los críos que crecen sin controles y que se pierden en vidas trágicas y autodestructivas es el asunto principal al que nos enfrentamos en esta ciudad», dijo. Duplicará el número de guardas en autobuses para reprimir pequeños delitos y desórdenes.
Construirá 50.000 nuevas casas, «reformará y mejorará» la tasa de congestión, preservará espacios verdes, desarrollará el tráfico en el Támesis... Boris Johnson no sería Boris Johnson si, al decir esto, no se diera la vuelta hacia el mirador acristalado, como hizo ayer, y declarase ante su audiencia que no encontraba el río. Era la llegada del bufón al Ayuntamiento, que no recordaba si era obra del arquitecto Foster o de Rogers. Un Ayuntamiento que tiene forma quizás de huevo pero que, su alcalde, según dijo ayer, le parece «una gran cebolla».







