
¿Qué sería, por ejemplo, de la política vasca, especialmente desde la perspectiva nacionalista, sin el término conflicto? Algo cercano a la nada, al vacío completo, un sinsentido completo. ¿Qué pasaría si en lugar de llamar conflicto a lo que aparentemente nos sucede le llamáramos enfermedad? Sucedería que comenzaríamos a percibir la realidad social y política de otra manera, y que quizá comenzaríamos a poner remedio a nuestra enfermedad.
¿Qué es lo que sucede en realidad en la sociedad vasca? Tenemos un buen Estatuto de Autonomía. Tenemos el Concierto Económico. Recaudamos todos los impuestos. Tenemos capacidad normativa sobre el IRPF y sobre el Impuesto de Sociedades. Gestionamos toda la enseñanza. El futuro de la Universidad depende de nuestra capacidad y de nuestra voluntad de financiarla adecuadamente. Incluso en la cuestión tan espinosa y que tanta tradición de lucha y de plantes tiene en la propia Universidad, la del profesorado propio, la comunidad autónoma puede regularlo hasta el 49% como profesorado contratado.
Podemos gestionar toda la sanidad. Construimos nuestras carreteras. Decidimos los peajes de las autopistas públicas. Tenemos nuestra propia Policía. Podemos incluso decidir que el euskera es la lengua principal en el sistema escolar. Podemos exigir conocimiento del euskera para ser enseñante en cualquier nivel de enseñanza, primaria, secundaria y superior. Tenemos nuestros propios medios de comunicación públicos, en los que quienes mandan pueden hacer y deshacer a su antojo -en cuestiones de mapas, de invitados, de lenguaje, de mensajes políticos, de forma que cualquiera puede decir rotundamente que los jueces españoles prevarican, y no pasa nada-.
Y todo ello lo tenemos porque la sociedad vasca así lo quiso, así lo entendió y así lo refrendó. Vivimos, pues, en legitimidad democrática. Una legitimidad democrática que nunca es perfecta: por eso es democrática. Si fuera perfecta sería la utopía realizada, y como sabe cualquiera que haya leído alguna de las utopías que se han escrito a lo largo de la historia, todas esbozan regímenes totalitarios de gobierno en su sed de perfección. Una legitimidad democrática, constitucional y estatutaria que por supuesto tiene problemas. Problemas de cumplimiento de la ley orgánica que es el Estatuto, y problemas de lealtad básica a los supuestos en los que se ejerce poder en Euskadi hoy -y por parte del nacionalismo, por supuesto-.
Pero también tenemos a ETA, que es el núcleo de terror y violencia en torno al que se ha organizado la parte de la población que no ha sido capaz de aceptar la palabra del pueblo, la decisión democrática de la sociedad vasca. Somos una sociedad de la que decimos que es la primera en casi todo, que está por encima de la media europea en casi todo, una sociedad feliz, una sociedad puntera en el mundo, y ello gracias al marco de autogobierno definido en el Estatuto de Gernika y hecho posible gracias a la democracia constitucional de España.
Pero hay quien piensa que existen razones o excusas, explicaciones para que ETA siga usando violencia y terror contra el orden constitucional y estatutario. Mirando con tranquilidad las cosas, la sociedad vasca está afectada por una enfermedad grave, que es la enfermedad del lujo y de la avaricia: tener más de lo que le corresponde -el Estatuto define muchas competencias y permite muchas políticas como si la sociedad vasca fuera una sociedad homogénea en su identidad euskaldun, en su sentimiento de pertenencia, lo que no tiene nada que ver con la realidad- y a pesar de todo sentirse víctima hasta el punto de justificar, explicar, entender, acompañar con el discurso la violencia y el terror.
ETA no representa a víctimas de no se sabe qué represión de la identidad vasca, ETA no representa la situación de víctima de la cultura vasca, del pueblo vasco porque no se le reconoce en su identidad, en su derecho como pueblo. La sociedad vasca, como acabo de decir, posee un reconocimiento político que va incluso más allá de lo que sería en democracia adecuado para una sociedad tan meteca, tan mixta, tan plural y tan compleja como lo es la vasca. No hay problema de reconocimiento. Y si lo hay, no radica en el marco jurídico-político establecido por la Constitución y el Estatuto, sino en la incapacidad de ETA y del nacionalismo en su conjunto para reconocer el pluralismo y la complejidad de la identidad, de la cultura, de la sociedad vasca.
Es la enfermedad de quienes frívolamente creyeron que se puede vivir la política real como una ensoñación revolucionaria juvenil. Es la enfermedad de quienes creen que es posible la utopía en toda su contradicción: haciendo que tenga lugar, que sea un topos real. Es la enfermedad de quienes creen que se puede destruir el Estado porque el Estado implica el monopolio legítimo de la violencia, el sometimiento permanente de ese monopolio a las exigencias del derecho y de la ley. Es la enfermedad de quienes creen en una sociedad sin cárceles, sin leyes, sin normas, sin derecho, sin policía, sin recaudación de impuestos, pues todo ello implica violencia.
Y no digo por decir: basta participar en cualquier tertulia política con personas pertenecientes a eso que hemos dado en llamar izquierda abertzale, es decir, con personas del entorno político de ETA, para escuchar nítidamente estos mensajes y para ver con claridad en qué consiste la enfermedad de la sociedad vasca: la existencia en su seno de un grupo de personas que perdieron el tren, y que ahora hacen responsables a los demás de su incapacidad de leer la historia real.
Si uno se atreve a afirmar en cualquiera de esas tertulias que el Estado se define como monopolio legítimo de la violencia, implicando el sometimiento del uso de la violencia a las exigencias del derecho y de la ley, responden afirmando que ETA usa violencia, por supuesto, porque existe la violencia del Estado, pero que ETA no busca ningún tipo de legitimación para su violencia. Es la violencia libre, sin sujeción a ninguna norma. Es la soberanía absoluta.
Se trata de la enfermedad de criticar el poder del Estado, del Gobierno, de la justicia, sin percibir -o quizá percibiendo demasiado claramente- que el verdadero poder en el seno de la sociedad vasca lo ejerce ETA, que se arroga lo que siempre ha sido el meollo del poder soberano: la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte de las personas. La democracia se ha desarrollado sometiendo ese poder a las exigencias del derecho y de la ley. ETA quiere mantener ese poder sin límite alguno, y sin competencia alguna. Creando la situación ideal para ella: una situación sin Estado, sin monopolio de poder y sin exigencia de legitimación del poder por medio del derecho y la ley. Una situación de anarquía completa. Una situación como en la selva: sin normas, sin derecho, sin necesidad de legitimación, una situación en la que el más fuerte, el que cuenta con el pistolón más grande, el que más dispuesto está a saltarse a la torera todas las normas, el que más dispuesto está a pasar de todas las reglas es el que manda. La ley de la selva, la ley del más fuerte. En contra de todos los débiles que sólo pueden encontrar su protección en el Estado, en el Estado de Derecho y en la democracia normada.
Personas que defienden la ley de la selva en nombre de la verdadera democracia -en las discusiones con estas personas un término en euskera se repite estratégicamente, 'benetakoa', 'auténtico'-, en nombre de la paz verdadera, en nombre de la verdadera justicia. Cualquier alumno de literatura sabe que la enfermedad literaria comienza con la manía de adjetivar los sustantivos que por sí mismos poseen suficiente significación. Basta la democracia, y la paz y la justicia, sin tener que hablar de cada una de ellas en términos de autenticidad.
Sabemos cuál es la enfermedad que tenemos que curar. Entre otras cosas peleando por cada palabra, No dejándonos embaucar. Huyendo de los falsos romanticismos y de las utopías totalitarias. Aprendiendo el significado de que democracia es criticar tanto el 'homo homini deus' como el 'homo homini lupus'. El hombre no le es ni dios ni lobo al prójimo. Basta que le sea un hombre, prójimo, relativo, imperfecto, limitado, particular. 'Homo homini homo'.







