Cuando me hice mayor, tuve oportunidad de viajar y conocí que el hambre no sólo era negro sino, en realidad, de todos los colores. También advertí que su distancia había producido en mí un efecto cauterizador, haciendo desaparecer las heridas emocionales de mi infancia, sin dejar rastro.
Comprobé cómo seres humanos eran literalmente engullidos por la hambruna en todas las latitudes del planeta, perfectamente ignorados, muchos con apenas dos dólares diarios para subsistir. Volví la vista y recordé que mi madre nos mandaba a mis hermanos y a mí a la católica cuestación con un gran trozo de pan con chocolate, y en el patio de la escuela, tras el esfuerzo, los americanos asistían a nuestra subalimentación con un vaso de leche en polvo y un inolvidable triángulo de queso. Así caí en la cuenta de la posguerra y de que, a pesar de ella, los niños occidentales hacemos mal que bien tres comidas al día.
Luego supe cómo, no contentos con la muerte por hambre de los otros, de vez en cuando, los países ricos llevan la guerra a los pobres, y que en ellas no sólo se muere de hartazgo de metralla, sino también de inanición, y que sus secuelas se trasmiten a varias generaciones, porque exterminan sus cuadros más cualificados para mover un país al progreso, sus intelectuales y sus jóvenes. Aprendí a ver la hambruna desde los restaurantes, comiendo una enchilada en México o un curry en la India o un exquisito cuscús en Marruecos. Y me olvidé de ella al volver a casa. Reconocí, al fin, que uno sólo percibe a esa señora malencarada cuando mantiene relaciones con ella. Y ha tenido que sobrevenir una crisis en los países ricos que encarezca los combustibles y racione el arroz para hacernos ver que el hambre no se ha ido, sino que continúa haciendo estragos, como siempre, entre los pobres.







