Una boina contaminante sería aquella que se excede en sus funciones; que se extralimita; que no se resigna a la modesta misión de cubrir el cogote del usuario; que siente que 'es más que una boina' como el Barça cree que 'es algo más que un club'. Una boina contaminante sería la que, por culpa de una extraña mutación, comienza en un determinado momento a actuar contra su naturaleza funcional y protectora del frío; aspira a un destino más alto que la humilde cabeza humana e impregna la atmósfera de un elemento dañino para la salud. Una boina contaminante sería aquella que no sólo se limitara a contaminar al desaprensivo que la lleva puesta sino que propagaría, propalaría y propulsaría su contaminador efecto en personas inocentes que han ido siempre con la testa descubierta o que incluso utilizan boina, de acuerdo, pero dentro de un orden y una vez pasados los debidos controles sanitarios para, así, impedir que se pueda extender un mal tan indeseable.
Boina contaminante es la boina ideológica, la que transgrede los límites de la funcionalidad e incluso los del valor sentimental-regional-tradicional -que ya son bastante peligrosos- para ocupar el espacio de la Administración pública. Con la boina pasa como con el sombrero tejano. En cuanto un presidente normearicano se pone uno de esos sombreros, en cuanto el simpático traje de cow boy se politiza, hay que echarse a temblar. Y pasa como con las cervecerías de Múnich. Mientras se queden en lo folcórico todo va bien. El problema empieza cuando alguien se sube a un banco y lanza un mitin con una jarra en la mano y resulta que es Hitler. Librémonos de la boina contaminante y llena de caspa doctrinal, de olor a fritanga y tabaco político, de mierda etnicista. Se puede ser vasco pero limpio.







