Ahora la Diputación quiere reformar unas instalaciones situadas en esos terrenos y el Ayuntamiento no le concede los permisos necesarios. Amparándose en el silencio administrativo, que es la versión leguleya del quien calla otorga, la Diputación sigue con las obras. Al parecer, quiere abrir en Laukiz un centro de acogida para menores. Un individuo malpensado ¯o sea, cualquiera de nosotros¯ no tarda demasiado en atar cabos y en entender por qué al Ayuntamiento la cosa no parece hacerle gracia.
Tras experiencias como las de Loiu, con sus motines violentos y sus agresiones a educadores, los centros de acogida son un género difícil de vender a los votantes. Nadie quiere uno en el barrio. Si diesen a elegir, la gente preferiría que abriesen una central nuclear debajo de sus casas, tal vez un agradable hotel con psicópata, como el que salía en 'Psicosis'.
Se ha instalado entre nosotros la certeza de que estos centros son focos de problemas. Lo malo es que, esta vez, la realidad se ha puesto del lado de nuestros prejuicios y ya casi no nos extrañan hechos como los ocurridos en febrero en Arcentales, donde algunos menores trataron de pegarle fuego a la casa de acogida donde dormían.
La Diputación tiene serias dificultades para asistir a los menores inmigrantes y sabemos que Vizcaya es la tercera provincia española que los acoge en mayor número. Los centros están desbordados y no resulta fácil lidiar con tipos de diecisiete años con ganas de jaleo. Lo ideal sería que estos centros tuviesen los medios para controlar la situación y a sus inquilinos más descontrolados. Lo ideal sería que en Laukiz a los vecinos no les fuese a parecer cada vez mejor idea lo del campo de golf.










