El caos no es cuantificable, la desesperación no se pesa ni se mide pero sí la falta de agua, de combustible, de productos básicos y la pérdida irreparable de los arrozales. Vientos huracanados arrasaron los campos de arroz que debiera mantener a duras penas a una misérrima población que lo ha perdido todo. Las cosechas perdidas de arroz, el alimento base de los mismos pobres que lo cultivan para comer una escueta ración al día, tendrán sus efectos en el resto del planeta. De modo que se extiende la inquietud no ya por el petróleo y las fuentes de energía sino también por el grano e incluso como no, cabe inquietarse por el porvenir popular de la paella y otros platos de secular y universal tradición de un fruto básico que los vaticinios tiñen su futuro de negrura.
En el mundo afortunado, donde las fuerzas de la naturaleza son más mansas aún cuando se desatan, ha llegado la estación en la que proliferan las alarmas contra el vendaval de las dietas de adelgazamiento, las 'dietas milagro' que surgen con fuertes ráfagas en esta época de cara al tiempo del sol y solaz que ya asoma. Las velas para alumbrarse en Rangún escasean y su precio iguala al de la gasolina. La oscuridad trágica de las lejanas zonas de forzosa dieta única, cuando abramos los ojos a las subidas de costes del arroz en nuestras abastecidas estanterías, se nos hará forzosamente más cercana.






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