De los tres 'clásicos', Reino Unido es, por razones obvias, la principal asignatura pendiente para la moneda única. No está nada claro que vaya a dejar de serlo. A la componente emocional y estrictamente de soberanía que guió el 'no' británico inicial al euro han venido a sumarse durante los 10 últimos años todo género de descalificaciones de la divisa. En Reino Unido, cualquier crítica que el euro cosecha en la esfera internacional es objeto de magnificación reiterada. Y leer treinta veces a la semana las mismas críticas, o parecidas, a la moneda única, terminan calando en la opinión pública.
Tony Blair, que flirteó largos años con la introducción de la libra en el euro, y que podía haberlo hecho por su autoridad personal, declinó al final comprometerse con la iniciativa, en virtud de los pactos que tenía con Gordon Brown. Y éste no quiere saber nada de la moneda única.
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Reino Unido sólo abrazará el euro cuando no le quede otro remedio. Pero eso no está a la vuelta de la esquina.
Distintos son los casos sueco y danés: en el primero, el rechazo tiene su origen en un referéndum en 2003. Habrán de pasar unos cuantos años antes de que un gobierno en Estocolmo pueda replantear la cuestión. Dinamarca, en cambio, pretende someter la pregunta a los ciudadanos en una consulta antes de 2011.
En cualquier caso, los tres reticentes han tenido que asumir una disciplina próxima a la de la Eurozona para no ver penalizadas sus emisiones de deuda. Fuera, pues, pero con obligaciones como si estuvieran dentro.







