Al menos, el defensor del honor militar no añadió que encima se trataba de una catalana, como se encargaron de establecer la tríada inadmisible -mujer, embarazada y catalana- algunos cráneos privilegiados de la extrema derecha en sus columnas de prensa o programas de radio.
Qué sintomáticas de lo peor del punto de vista reaccionario resultan esas apreciaciones. Qué reveladoras de un retrógrado machismo que todavía considera que hay reductos, como el castrense, que deben permanecer anclados en el culto al cojón prieto y en ritualismos a los que sólo se puede acceder en una posición de alto mando desde la recia seriedad de lo viril.
Sin entrar en lo honorable y serio de los ejércitos, pensé que a mí sí me gusta esa imagen de una mujer joven y embarazada pasando revista a una compañía que le presenta armas. Me agrada el contrapunto de la fragilidad y a la vez fortaleza de una mujer con un bombo, en el que alberga una nueva vida, ante la presencia de los uniformes militares y las armas. La expresión de la continuidad de la vida frente a los encargados de quitarla, si reciben la orden de hacerlo por parte del Estado. Y me complace que, además, esa mujer, que está en ese puesto por consecuencia democrática y constitucional, sea la jefa civil de todos ellos porque quizá a ella le cueste más que a alguno de sus antecesores contribuir a dar esa orden.
Prefiero ese bombo carnal en todos los sentidos a los secos cueros tensos de los tambores y de otros bombos; como el de aquel popular hincha de fútbol que con su atorrante murga -eso sí, muy viril- contribuía a exportar lo mejor de nuestro palurdismo. Prefiero el bombo de la ministra a los marciales tambores militares que marcan el ritmo de los desfiles y también de un pelotón de fusilamiento. Y prefiero el bombo vivo y silencioso de esa mujer a los lúgubres redobles que acompañan el paso de procesión de los encapuchados con capirotes.







