Nada más lejos de la realidad. Según las conclusiones del máximo órgano de gobierno de los jueces, el alcohol o las drogas sólo se apreciaron en el 3,4% de los casos, mientras que la alteración psíquica se tuvo en cuenta en apenas el 5,4% de las sentencias condenatorias. Por el contrario, la mayor parte de los fallos (64%) califican los hechos como asesinato -lo que implica alevosía, ensañamiento o recompensa- y no homicidio (33, 98%) u homicidio imprudente (1,96%).
Su perfil es el de un varón muy violento, cuya edad oscila entre los 30 y los 45 años, que actúa con premeditación y con plena consciencia. Exhibe una «extraordinaria brutalidad» y realiza su ataque «por sorpresa», aprovechando la situación de indefensión de su víctima. Como muestra, el CGPJ ha contabilizado las puñaladas asestadas en cinco años por los condenados: 900, lo que arroja una media de 16 por cada asesinada.
En tres de cada cuatro casos, los agresores utilizaron un único procedimiento para matar. La mayoría recurrieron al apuñalamiento (36,2%), seguido de traumatismos -especialmente golpes en la cabeza- (14,1%), arma de fuego (5,4%) y estrangulación (5,4%). En la cuarta parte restante, los asesinos combinaron varias técnicas -en la mayoría de los casos, cuchilladas y traumatismos-, lo que evidencia una mayor ensañamiento.
Más casos por la noche
El estudio del CGPJ también desvela que la franja horaria en la que ocurre un mayor número de muertes violentas es la comprendida entre las nueve de la noche y las dos de la madrugada. «Al final del día es cuando se suele producir una mayor convivencia y de forma más continuada», argumentan los expertos. Además, esta circunstancia puede explicarse por una «acumulación de un conflicto» que se ha desatado por la mañana y «se arrastra toda la jornada». Este hecho se traduce en una «mayor violencia en la consumación de los hechos», lo que explicaría que al final del día también se registren más homicidios en los que el autor emplea dos o más técnicas para acabar con la vida de la mujer.







