En el caso de 'Fuera de lugar', la capa de detritus escogida por Cuarzo para criar champiñones narrativos es la degeneración familiar y profesional de un individuo: un canalla exitoso y adúltero ve de repente cómo se cae todo su tinglado; pierde su trabajo y a su familia, y además, se lo merece, por malo. Al cóctel se añade, como sabor dominante, una buena dosis de guerra de sexos en términos de ideología de género: el varón es un rufián mentiroso, manipulador e infiel, mientras que la mujer es una heroína abnegada cuyo amor se ve una y otra vez defraudado por el macho; en esa tesitura, se imponen el divorcio y la aniquilación del macho.
El esquema de la guerra de sexos no se limita a la pareja protagonista, sino que se extiende a los hijos: los chicos son mentes imperfectas, dispuestas a dejarse engatusar por el padre, mientras que la hija, firme apoyo de su madre, es la Libertad guiando al pueblo (femenino) a la batalla contra la testosterona explotadora. El relato se adorna con otros tópicos habituales del folletín 'social', como la contraposición entre el egoísmo sórdido de los ricos y la noble solidaridad de los pobres. Para adaptar este tópico a los tiempos, el guión se traslada a un barrio marginal de población mayoritariamente inmigrante.
Esto recuerda mucho a esas ensoñaciones que eran moneda común hace diez años en otros países de Europa y que Finkielkraut caracterizaba como «ideología de las clases acomodadas». El cóctel de 'Fuera de lugar' ha debutado con cifras muy malas: una cuota del 12%. Veremos.







