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El 'multacar' no logra frenar las dobles filas

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El 'multacar' no logra frenar las dobles filas
POCO FLUIDO. Un coche aparcado en doble fila obliga el resto de vehículos a transitar por un solo carril en una céntrica calle vitoriana. / RAFA GUTIÉRREZ
Los conductores vitorianos deben armarse de paciencia cada vez que cogen su vehículo para atravesar el casco urbano. A las inevitables obras que inundan el centro se suma otro de los enemigos del automovilista: las dobles filas. Desde finales de 2006 el 'multacar' de la Policía Local trata de atajar este enojoso hábito, pero está lejos de erradicarlo.

Según datos facilitados por el Ayuntamiento, durante el último año el automóvil 'justiciero' captó 2.657 infracciones, lo que supone siete sanciones diarias. Esa cifra, ¿da fe de la cantidad de aparcamientos indebidos en medio de la calzada en las calles vitorianas? EL CORREO se echó ayer al asfalto para conocer la magnitud real del problema. La 'patrulla' comenzó a las 12.40 horas del mediodía. Abróchense los cinturones.

El recorrido comienza en Portal de Castilla, donde aparece el primer vehículo aparcado en uno de sus dos carriles con las luces de emergencia. Toca esquivarlo y continuar por Ramón y Cajal, donde una furgoneta también interrumpe el tráfico mientras operarios descargan mercancía hacia el interior de un hotel.

A continuación, llega una de las zonas más conflictivas: Manuel Iradier. Hasta cuatro vehículos obligan a los conductores a zigzaguear de un carril a otro. Y la cosa se pone aún más complicada cuando una furgoneta ocupa un paso de cebra y obliga a los peatones a cruzar por donde mejor pueden.

Cóctel explosivo

Los problemas siguen en Pío XII, calle abonada a las dobles filas, debido a la proliferación de comercios, y también a los atascos por formar parte del anillo que rodea el centro de la ciudad. Estos dos elementos conforman un cóctel explosivo que estalla cuando, en medio de la congestión, con dos largas filas de coches parados, uno activa las luces de emergencia, inequívoca señal de que no tiene intención de moverse. Ese simple gesto activa también las bocinas de los vehículos que le siguen y desactiva el buen humor de los conductores menos pacientes. Todo el tráfico debe ahora concentrarse por el carril derecho en un lento discurrir ralentizado, aún más, cuando se cierran los semáforos.

Pero el atasco es superado y algo más adelante, con circulación fluida, un camión de reparto que ocupa media calzada no supone mayor problema. La tranquilidad continúa por Los Herrán y por Reyes Católicos, pese a que otro vehículo de reparto estacionado de forma indebida crispa los nervios de un conductor que trata de salir de su aparcamiento legal.

En ese ambiente de relativa calma el trayecto sigue por Simón de Anda, con dos vehículos en doble fila, y por Basoa, donde también hay que cambiar de carril para esquivar un camión mal estacionado. Pero acaba de dar la una del mediodía, y ésa es la hora de las complicaciones, dicen los profesionales del volante. «Desde ahora a las tres y media es el peor momento porque coinciden salidas del trabajo con las entradas y las salidas de los colegios», explica un taxista.

Pitada monumental

Esas palabras son premonitorias y en la calle Gorbea llega el caos con hasta ocho vehículos en doble fila. En un punto, coincide un camión que ocupa el carril derecho con un coche que trata de estacionar a la izquierda, y que también inutiliza esa calzada: ya está todo el tráfico parado y la pitada es monumental.

Como casi siempre, el mal trago se pasa y hay un regreso a la normalidad en Ricardo Buesa y Ramiro de Maeztu. En Coronación, una señora ignora varias plazas de aparcamiento libres y se detiene en doble fila justo frente a la frutería que tiene como destino. Camina con dignidad mientras alguien le reprende por su vagancia.

Lo que queda de trayecto no depara grandes sorpresas hasta llegar a Koldo Michelena y Madre Vedruna. Entre las dos calles su-man hasta trece vehículos que ocupan la calzada de forma indebida, la mayoría, de padres cuyos hijos salen de Marianistas.

La última parada es en la Avenida de Gasteiz, un clásico. A esas horas, a la una y media, sólo una camioneta de reparto inutiliza uno de los carriles. «Tendré que trabajar, ¿no?», responde el conductor al taxista que le pita y que agita un brazo por la ventanilla. «¿Y yo!», responde el impaciente al tiempo que pega un volantazo y se aleja.
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