
REAL MADRID4 - BARCELONA1
El pasillo de los culés a su eterno rival, lo más esperado de la semana, fue frío, como era previsible. Se había apuntado la posibilidad de que los azulgrana ocultaran su camiseta con otra con un mensaje de apoyo a Milito, lesionado para seis meses. No fue así. Los hombres de Rijkaard lucieron su primera equipación y recibieron con tímidos aplausos y sonrisas forzadas a los madridistas, encabezados por el capitán Raúl. El homenaje al mejor equipo del campenato duró sólo unos segundos, los que tardó el público del Bernabéu en 'acordarse' de Eto'o, quien, al igual que su compañero Deco, se borró del 'tormento' al forzar la quinta amarilla ante el Valencia. Sin ellos, el sistema táctico del Barça era simple e ineficiente: buscar a Messi una y otra vez. El argentino acabó desesperado, perdido en la teleraña 'blanca'.
Bastaron unos instantes para comprobar que el Madrid se iba a llevar el gato al agua. Ganó el clásico cuando quiso. El balón en las botas de sus jugadores circulaba siempre a una velocidad endiablada bajo la batuta de Guti, el gran director del proyecto de Schuster. Si era el Barcelona el que tenía la posesión, la pelota parecía entonces medicinal, de esas con mucho peso que se emplean para la Educación Física. Cuando los madridistas comprobaron la pasividad -por momentos desidia- de los blaugrana, aceleraron el ritmo un poquito más y Raúl abrió el marcador en el minuto 12. Es cierto que el tanto llegó precedido de una falta, pero la caraja culé era de abrigo. La misma que permitió el tanto de Robben en el 20.
El Barça ni siquiera sacó a relucir el orgullo que mostró ante el Manchester United en las semifinales de la 'Champions'. Da la sensación de que se lo dejaron en Old Trafford. Y, mientras Henry y compañía deambulaban por el campo, los hinchas 'merengues' se lo pasaron de miedo entre gritos insistentes de '¿campeones, campeones!'. Era el escenario perfecto para disfrutar de su segundo título de Liga consecutivo. Ante el eterno rival, que ya es motivo de celebración, y, además, en sus peores horas. Redondo. El rostro lánguido y desencajado de Rijkaard, que no salió del banquillo en toda la segunda parte, es el rostro de este Barça, roto y hundido.
Futuro de Rijkaard
Por eso a nadie le extrañó que la segunda parte fuera casi un calco de la primera, pero con los 'blancos' aún más enchufados. El Madrid vio con claridad que podía golear a un Barcelona agonizante, y no lo dudó. 'Olé, olé, olé'... y el tercero de Higuaín, que está en racha. Los aficionados pedían la 'manita', cantaban, aplaudían, y llegó un claro penalti de Puyol. Lo transformó Van Nistelrooy. Sólo entonces, en dos acciones aisladas, dio resultado la fórmula de 'dásela a Messi', que demostró su clase. Casillas hizo dos paradones, pero luego no pudo hacer nada en un cara a cara con Henry. Fue el tanto de la deshonra.
No aguó la fiesta de los seguidores locales, que no dejaron de animar y de recordar al rival quién era el campeón. El Barça abandonó el Bernabéu cabizbajo y sin ningún objetivo esta temporada. Conseguir el segundo puesto es ya imposible y el futuro de Rijkaard ya está escrito. El Madrid, entretanto, disfruta.





