Lo suficiente para que su rugir de fiesta se apreciara convenientemente en los territorios palestinos, donde sus habitantes lamentaban ayer un episodio bien distinto: la 'Nakba', la catástrofe. El éxodo paralelo a la creación del Estado hebreo al que se vieron forzados 750.000 palestinos, y que acabó forjando su identidad como pueblo desposeído. «Festejan y lanzan fuegos artificiales para provocarnos. Lo saben y lo hacen adrede», sentenciaba desde el campo de refugiados de Al-Amari, en Ramala, Abdel Nasser Bayid, de 41 años.
En la oficial, la de los políticos y las personalidades, la presidenta del Parlamento fue encargada de proceder al izado de la bandera con la estrella de David en Jerusalén, junto a la tumba de Theodor Herzel, el padre del movimiento sionista. Un acto en el que el primer ministro, Ehud Olmert, reiteró que Israel «deseaba fervientemente» un final para el enquistado conflicto que mantiene al Estado enfrentado con el pueblo palestino.
Con todo, el programa de fiestas en Israel no ha hecho más que comenzar y durará todo el año encadenando congresos, ceremonias, o también anécdotas rocambolescas como el saludo que, por primera vez ayer, un cosmonauta dirigió desde el espacio al país. La próxima cita de relevancia será la próxima semana, cuando el inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush, aterrice en el país para participar en una conferencia organizada por el presidente judío, Simon Peres.








