
Hasta donde alcanza la vista, el paisaje es una espeluznante naturaleza muerta. En esta zona situada al este de Rangún (Yangón), en el delta del río Irrawaddy, no se ve, siquiera diminuta, ni una vaca, ni un campesino, ni un tractor moviéndose por una carretera anegada. Asusta la falta de vida porque, seguramente, significa que ahí abajo no queda nadie vivo y todos han perecido por el ciclón que azotó Birmania el pasado fin de semana.
Sólo al aproximarse el avión al aeropuerto se aprecia algo más de movimiento en las casas desperdigadas a su alrededor. En el horizonte, coronado por el sol que cae al atardecer, ascienden columnas de humo procedentes de las hogueras con que, allá abajo, entre las ruinas, los supervivientes cocinan con carbón debido a la falta de electricidad. O de las piras funerarias con que se queman los cadáveres, tanto humanos como animales, para evitar que sus cuerpos en descomposición propaguen epidemias entre los vivos.
Al salir del sorprendentemente moderno aeropuerto, inaugurado el año pasado, la desolación a ras de suelo golpea como una bofetada al recién llegado. La noche ha caído sobre Myanmar y la carretera que lleva hasta la ciudad está completamente a oscuras. Iluminados por los faros de los coches, a ambos lados de la vía se sucede una hilera de gigantescos árboles derribados.
Un país hermético
«Algunos eran el doble de viejos que yo y tenían hasta sesenta años», se lamenta Win Zaw O, el conductor de un hotel de Rangún cuya casa, a 35 kilómetros del casco urbano, fue azotada por el 'Nargis' durante la noche del viernes. «El viento no dejaba de soplar y, al final, se llevó la cubierta, que era de tejas, y uno de los muros laterales se acabó derrumbando», explica a este reportero que ha conseguido entrar en este hermético y aislado país dirigido por una Junta Militar que prohíbe los visados a los periodistas. A pesar de tales restricciones, que retrasan el reparto de ayuda humanitaria, EL CORREO ha sido el primer medio español en acceder al país.
«Llevamos cinco días sin electricidad ni agua y tenemos que cocinar con carbón a la intemperie», explica Kun Thay, quien también se queja de que «los precios se han triplicado, ya que un bidón de agua con veinte litros cuesta 1.000 kyats (70 céntimos) y un kilo de arroz 1.500 kyats (un euro)». Para un occidental, puede que estos importes no resulten excesivamente caros, pero para Kun Thay suponen una fortuna. Y es que, como el 90% de los birmanos, este vendedor ambulante vive con menos de un euro al día porque sólo reúne catorce al mes recorriendo las calles con su carrito de fruta.
«Por supuesto, de la carne y el pescado ya nos hemos olvidado estos días», indica Kun Thay en una oscura avenida de Rangún, que permanece entre tinieblas porque el suministro eléctrico sigue sin restituirse en la mayor parte de esta ciudad de 6,5 millones de habitantes. De hecho, sólo hay luz en algunas zonas del centro urbano y en aquellos bloques, hoteles, tiendas y restaurantes que disponen de generadores propios.
Cae la noche sobre un país sumido en el caos y la tragedia. Birmania, como su principal urbe, sigue entre tinieblas una semana después de que el ciclón 'Nargis' barriera su costa con la furia de las fuerzas desatadas de la Naturaleza.







