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Política

OPINIÓN
Talante y compromiso

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En política, como en la vida, el buen talante se aprecia y, normalmente, se premia. Es una actitud positiva, una disposición personal a intentar resolver los problemas o ejecutar las cosas de manera respetuosa con los demás. El buen talante busca el diálogo frente a la imposición; el encuentro frente al desencuentro. Pero a veces el talante deja de estar al servicio del fin noble que se persigue y se convierte en un objetivo en sí mismo. Entonces se convierte en mera pose, en una cuestión de imagen, puro marketing. Es lo que en el lenguaje común refleja la expresión «sólo para quedar bien». Algo de esto puede estar pasando con el llamado buen talante del presidente Zapatero, vista la actitud mantenida respecto de los requerimientos efectuados por el lehendakari y el PNV.

En ningún caso se ha rechazado la petición de diálogo, lo cual sería visto como expresión de talante autoritario propio de la última época de Aznar. Más bien se ha querido dar largas al asunto sin rechazar la petición. Pero al mismo tiempo se ha querido dejar claro que el encuentro no producirá ningún resultado positivo si el lehendakari no cambia radicalmente su propuesta. Es obvio que Zapatero no tiene ningún interés en incorporar en la agenda política de la presente legislatura compromiso alguno relativo al encaje político de Euskadi en el conjunto del Estado. Ni siquiera en términos de reforma, más o menos profunda, del Estatuto. Y en el improbable supuesto de que se diera el visto bueno a una vía de diálogo, ésta nunca se pondría en marcha hasta celebradas las próximas elecciones autonómicas, auténtica prueba de fuego para Ibarretxe y los jeltzales, pero también para los socialistas vascos, que caso de no lograr la primera posición parlamentaria se verían sumidos en una profunda crisis y condenados probablemente a asumir la colaboración con el PNV como única estrategia razonable y realista.

En esa perspectiva, la reunión reiteradamente solicitada por Ibarretxe para hablar de su propuesta nunca fue analizada por Zapatero, mucho menos por los dirigentes del PSE, desde la perspectiva estricta de los intereses o de la razón de Estado, sino más bien desde el punto de vista mucho más parcial de los intereses y razones del PSOE. La petición de diálogo de Ibarretxe fue vista, desde el inicio, más como un problema que como una ocasión o una oportunidad a estudiar y, en su caso, explorar. Por eso, en este juego de apariencias no aparecen a la luz las verdaderas razones y se echan las culpas de los retrasos y de las inconcreciones a las 'agendas', auténticas responsables de los problemas que tiene la política en la era digital.

A sensu contrario, a los jeltzales y particularmente a Ibarretxe, les interesa que el encuentro de La Moncloa se celebre, y cuanto antes, mejor. Necesitan despejar esta incógnita prevista en la 'hoja de ruta' para poder tomar las decisiones pertinentes respecto de los próximos escenarios, concretamente sobre la iniciativa a plantear en el pleno extraordinario de junio en la Cámara vasca. En esa confrontación de intereses y de escenarios está claro que la presión ejercida por los nacionalistas ha tenido resultado, pues ha obligado a Zapatero a tener que fijar una fecha, dejando a un lado la ambigüedad en sus compromisos.

Probablemente, el presidente de Gobierno haya leído en los últimos requerimientos algo más que las habituales peticiones. Es probable que se haya dado cuenta que a partir de una fecha la no celebración de la reunión podía resultar un problema mayor para los socialistas en Euskadi que para los nacionalistas. Más aún, que la no celebración de la reunión, explicada socialmente como un acto de humillación del nacionalismo o de soberbia de los socialistas, sería un auténtico regalo para ese nacionalismo que ha advertido estar preparado para la pelea si esta resulta inevitable. Posiblemente, en La Moncloa se hayan dado cuenta que en la gestión de este encuentro con los nacionalistas pudiera suceder algo similar a lo que le pasó al Gobierno con la gestión de sus encuentros con ETA. A veces la excusa de la agenda le crea a uno muchos más problemas de los que tenía.

Por otra parte, nada positivo se espera del encuentro del próximo día 20 de mayo, más allá del hecho de su propia celebración. Sabemos que Zapatero va a pedir a Ibarretxe que busque y trabaje, primero, un acuerdo en el propio País vasco. Es razonable y legítima tal consideración. Sin embargo, Zapatero sabe que en Euskadi los partidos políticos, nacionalistas y no nacionalistas, lograron en años anteriores consensos internos muy importantes. Uno de ellos fue el llamado Pacto de Ajuria Enea. Dada la relevancia política del mismo, me permito transcribir una parte del acuerdo suscrito en la reunión celebrada el 11 de enero de 1996, donde se afirmaba que: « el Pueblo vasco puede encontrar cauces pacíficos y democráticos para hacer valer los derechos que pudieran corresponderle, toda vez que, en un proceso democrático, la voluntad mayoritaria de la ciudadanía vasca, legítimamente expresada, debe encontrar su aplicación en el ordenamiento jurídico vigente en cada momento».

Entre los firmantes estaban los representantes del PP y del PSE-PSOE. Sería un auténtico avance que Zapatero se comprometiese cuando menos con dicho acuerdo. Cualquier reparo sería reflejo de la involución que se está operando en el pensamiento de ciertas formaciones sólo en una década.

x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com
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