
SAN ISIDRO
El saludo, tarjeta de visita, fue prueba de pundonor. Retrato preciso del torero. Joselillo estuvo puesto desde el primer muletazo. Puros redaños. A merced del destino y del toro más de una vez, sin gobernar del todo ni una cosa ni otra, pero sosteniendo el tipo con aplomo mayor.
Un combate tan desigual fue, naturalmente, un chorro de emociones. En cada ataque del toro, una emoción nueva, porque al tercer viaje se rebelaba y punteaba o buscaba por debajo o de salida. La habilidad mayor de Joselillo fue no dejarse tropezar apenas la muleta. La gasta muy pequeña. De la necesidad hizo en este caso virtud Joselillo, que, lleno de fe, se saltó de pronto las reglas de la lógica y frente a toriles, donde hacía el toro hilo, se estiró con la mano izquierda sin inmutarse. Del tercer embroque salió arrollado, prendido y empalado. Pero estaba la fortuna de su lado. Voltereta monumental, sangre del lomo del toro por la blanca taleguilla entera, pero ni un rasguño. Imperturbable, Joselillo sujetó los nervios. Sin temblarle el pulso, cuadró el toro, lo engañó con astucia y enterró una estocada caída que fue memorable por la fe con que se cobró.
Puntas afiladas
La segunda parte de esta historia fue casi tan emocionante como la primera. No tanta la temeridad. Pero el mismo arrojo, y ahora más domado y cabal. Por dos razones: los nervios del debut ya estaban atados y, luego, se dejó dentro de lo que cabe el sexto toro de Dolores Aguirre. Otros 600 kilos. Joselillo, valentísimo, tuvo el detalle de fijarlo de salida, de ponerse desde el primer muletazo nuevamente.Y, al fin, empuñar la espada, echar la muleta a la pezuña, y volar hasta enterrar el acero arriba. Rodó el toro rendido. Una oreja.
La corrida de Dolores, de presencia, potencia y resistencia sobrecogedoras, tomó la plaza como es costumbre. Tremebundas cuernas de manillar o vueltas o pasadas, impecables puntas afiladísimas, una seriedad bestial. El tercero, de aire agresivo, hondo, el de mejor nota en conducta, fue imposible por la mano derecha. Casi todo se le fue en muletazos enganchados a Sergio Aguilar, dispuesto y firme de partida, nervioso cuando empezó a sentir que el toro le podía y estaba a punto de desbordarlo
Los dos toros de Robleño fueron molidos en varas: el segundo, siempre a su aire y por su cuenta, no paró de recorrer plaza en una faena que cumplió entero el tramo de la cuenta invertida de las agujas del reloj. Largo trámite de Robleño. El cuarto, cinqueño, salió moribundo de la paliza de varas. Con el quinto, Sergio Aguilar, encajado y vertical, dejó muestras de su buen estilo, que en formas se parece no poco al de José Tomás. Mató a ese toro de excelente estocada.








