La de 1980 fue una cosecha prolífica para el baloncesto. El grueso de los nacidos durante aquel almanaque tocaron el cielo al llevar a España al Mundial júnior en Lisboa (1999). La llamada ‘quinta de Gasol’ –que no era precisamente aún el jugador que maravilla a sus nuevos adoradores en el Staples Center de Los Ángeles– venció en la final lisboeta a Estados Unidos, un sacrilegio en el que algo tuvo que ver Javi Salgado. Se quedó a las puertas de la elección definitiva para entrar en la casa. Se le cerró la puerta ante sus narices, tras haber aguantado como un jabato, de igual a igual, el eterno casting que le enfrentó a los Juan Carlos Navarro, José Manuel Calderón, Raúl López, Berni Rodríguez y compañía. Ninguno de ellos ha olvidado a ‘Bilbo’, su nombre de guerra en las concentraciones preparatorias del combinado nacional.
Así de cerca estuvo de la gloria un bilbaíno de Santutxu, con pasado Marista y vocación de tipo normal. Aunque, para él, la gloria es en la que vive desde que decidió embalar su ilusión y hacer el camino de vuelta desde León, adonde fue en busca de una salida que aquí no existía. Le tocó la travesía en el desierto del baloncesto vizcaíno, como a tantos otros. Pero ha cobrado la deuda pendiente con intereses. Ser el capitán del equipo de tu ciudad en el nacimiento de una de las más felices realidades deportivas que se recuerdan, es como para crecer diez centímetros, lo que no le hubiera venido nada mal, aunque entonces estaríamos hablando de otro jugador.
Pasaría por el vecino que todos tenemos, al que recordamos desde niño con la bolsa a cuestas y el pelo mojado regresando de un entrenamiento. Sin vicios confesables, pese a que ya gana un buen dinero por jugar al baloncesto. Su último veraneo, en Cádiz. Su cuadrilla, la de siempre, igual que su novia. Sus gustos, invariables, incluida la adicción al dulce que controla –más le vale– con resignación cristiana. Le costó despedirse de su Fiat Punto –aunque sólo por el color azul chillón que tenía debió recibir alguna subvención– y pasa por taquilla como cualquiera cuando se apunta a algún concierto con sus colegas o compañeros de equipo. Su teléfono móvil no es de los que te hace la declaración de la renta y tampoco se transforma Javi Salgado en un hombre anuncio por afanarse en destacar con tal o cual marca y sigue teniendo en su compañera, su hermano y sus padres a sus fans número uno.
Desde hace siete años, su padre respira aliviado. Aunque por su profesión estaba acostumbrado a contar por miles los kilómetros recorridos, cada vez que su hijo jugaba en las filas del León allá que se iba, en ocasiones acompañado por su representante, Alberto Larrondo. Suyo es el ejemplo del tesón, del esfuerzo y dedicación. Un ejemplo para la juventud, por la mucha, excesiva, demasiada, incomprensión que ha digerido.
Quienes han dudado de él deberían haberse pasado por la habitación que ocupó en Cruces una Nochebuena, cuando rabiaba tras una operación de apendicitis–jugó con ella–. No se debía al dolor físico sino a perderse el siguiente partido.
Nach, un rapero que diseccionó en el tema ‘ACB’ lo que sucede en el basket español, no se olvidó del ‘crack’ de Santutxu. «Adoro la presión / late más mi corazón / es mi estilo bacilón / así que pásame el balón / soy el rey de la pista / artista del basket ciencia / a veces individualista / o mago de la asistencia / en tu cara. / Muchos me subestimaron / pero mi tiempo ha llegado / como a Javi Salgado». Amén.